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martes, 31 de agosto de 2021

Libros - "Out of Africa" de Isak Dinesen (Karen Blixen)

 
«El granjero dirige sus ojos lentamente por todo el horizonte. Primero hacia el este, porque será del este de donde venga la lluvia, si es que viene, y allí se ve claramente la Espiga en la constelación de Virgo. Luego al sur, para saludar a la Cruz del Sur, portera del inmenso mundo, fiel a los viajeros y amada por ellos, y más altas, bajo la huella luminosa de la Vía Láctea, Alfa y Beta en Centauro. Hacia el sudoeste resplandece en el cielo el gran Sirio, Canopo el meditativo, y hacia el oeste, sobre el fino dibujo de las colinas de Ngong, casi ininterrumpido, los adornos de radiante diamante, Rigel, Betelgeuse y Bellatrix. Finalmente se vuelve hacia el norte, porque al norte terminará por volver, donde se encuentra nada menos que con la Osa Mayor, solo que ahora está tranquilamente cabeza abajo debido a la perspectiva celeste, lo que le da un aire de chiste osuno, que alegra el corazón de los emigrantes nórdicos.
    »La gente que sueña mientras duerme por la noche siente una clase especial de felicidad que no tiene el mundo diurno, un plácido éxtasis y una ligereza de corazón que saben como la miel. También siente que la verdadera gloria del sueño reside en su atmósfera ilimitada de libertad. No la libertad del dictador, que impone al mundo su voluntad, sino la libertad del artista, que no emplea su voluntad, porque se ha librado de ella. El placer del verdadero soñador no reside en la sustancia de su sueño, sino en esto: que las cosas ocurren sin ninguna interferencia por su parte y además, completamente fuera de su control. Grandes paisajes creados por sí mismos, grandes y espléndidas vistas, ricos y delicados colores, caminos, casas que nunca ha visto y de las que nunca ha oído hablar. Aparecen extraños y son amigos o enemigos, aunque la persona que sueña no haya hecho nunca nada por ellos. Las ideas de huida y persecución son recurrentes en los sueños e igualmente propiciatorias del éxtasis. Todos dicen cosas inteligentes. Es cierto que si lo recuerda al día siguiente las cosas se borran y pierden su sentido, porque pertenecen a un plano diferente, pero tan pronto como el que sueña se tumba por la noche, el circuito se cierra y recuerda su esplendor. Durante todo el tiempo le rodea un sentimiento de inmensa libertad y le invade, como el aire y la luz, una felicidad ultraterrena. Es una persona privilegiada, alguien que no tiene nada que hacer, pero para cuyo enriquecimiento y placer se juntan todas las cosas; el rey de Tharsis le llevará sus dones. Participa en una gran batalla o en un baile y se pregunta cómo puede ser tan afortunado que participe en estos acontecimientos al tiempo que duerme. Es cuando se empieza a perder la conciencia de la libertad, cuando la idea de necesidad penetra en el mundo, cuando hay prisa y tensión en todas partes, cuando hay que escribir una carta o tomar un tren, cuando tienes que ir a trabajar, hacer que los caballos del sueño galopen o hacer que se disparen los rifles, cuando el sueño decae y se convierte en una pesadilla, que pertenece a la categoría más pobre y más vulgar de los sueños. Lo más parecido en el mundo en vigilia a un sueño es una noche en una gran ciudad donde nadie te conoce o en la noche africana. Ahí hay también una infinita libertad: ahí ocurren cosas, se forjan los destinos en torno tuyo, bulle de actividad y nada te concierne.

"Memorias de África" Isak Dinesen, 1937

    

miércoles, 10 de febrero de 2021

Libros - El Señor de los Anillos


Ilustración de Alan Lee

"Cinco días antes de mi partida para esta arriesgada empresa, hace once días, y casi a esta misma hora, oí la llamada del cuerno. Parecía venir del norte pero apagada, como si fuese solo un eco en la mente, un presagio funesto pensamos que era mi padre y yo, pues no habíamos tenido ninguna noticia de Boromir desde su partida y ningún vigía de nuestras fronteras lo había visto pasar. Y tres noches después, me aconteció otra cosa más extraña aún.

Era la noche y yo estaba sentado junto al Anduin, en la penumbra gris bajo la luna pálida y joven, contemplando la corriente incesante y las cañas tristes que susurraban en la orilla. Es así como siempre vigilamos las costas en las cercanías de Osiriath, ahora en parte en manos del enemigo, y donde se esconden antes de saquear nuestro territorio. Pero era media noche y todo el mundo dormía. Entonces vi, o me pareció ver, una barca que flotaba sobre el agua gris y centelleante, una rara y pequeña barca de proa alta, y no había nadie en ella que la remase o la guiase. Un temor misterioso me sobrecogió. Una luz pálida envolvía la barca, pero me levanté y fui hasta la orilla y entré en el río, pues algo me atraía hacia ella. Entonces la embarcación viró hacia mí y flotó lentamente al alcance de mi mano.

Yo no me atreví a tocarla, se hundía en el río como si llevase una carga pesada. Y me pareció cuando pasó bajo mis ojos que estaba casi llena de un agua transparente y que de ella emanaba aquella luz y que sumergido en el agua dormía un guerrero. Tenía sobre las rodillas una espada rota, y vi en su cuerpo muchas heridas, era Boromir, mi hermano, muerto. Reconocí los atavíos, la espada, el rostro tan amado. Una única cosa eché de menos, el cuerno, y vi una sola que no conocía, un hermoso cinturón de hojas de oro engarzadas que le ceñía el talle. ¡Boromir! Grité, ¿dónde está tu cuerno?, ¿adónde vas, oh, Boromir? Pero ya no estaba."

"El Señor de los anillos" Libro IV capítulo 5. "Una ventana al oeste", J. R. R. Tolkien, 1954
 

   

jueves, 15 de octubre de 2020

Guía del Autoestopista Espiritual - El molde del Hombre. 2ª Parte

 

«Regresó después a la discusión del molde del hombre.

»Dijo que verlo por mi cuenta, sin ayuda de nadie, era un paso importantísimo, porque todos nosotros tenemos ciertas ideas que deben ser rotas antes de que seamos libres; el vidente que penetra en lo desconocido para vislumbrar lo que no se puede conocer tiene que estar en un estado de ser impecable. Me guiñó el ojo y dijo que el estar en un estado de ser impecable es estar libre de suposiciones racionales y temores racionales. Agregó que tanto mis suposiciones como mis temores me impedían, en ese momento, realinear las emanaciones que me harían recordar haber visto el molde del hombre. Me sugirió que girara mis ojos y me repitió una y otra vez que era verdaderamente importante recordarlo todo antes de verlo de nuevo. Y como el tiempo se le acababa no había cabida para mi lentitud acostumbrada.

»Siguiendo su sugerencia, moví los ojos. Casi de inmediato, olvidé mi incomodidad y de repente recordé que había visto el molde del hombre. Ocurrió eso años antes, en una ocasión bastante memorable para mí, porque desde el punto de vista de mi educación católica, don Juan hizo entonces las declaraciones más sacrílegas que jamás escuché.

»Todo empezó como una conversación amigable mientras subíamos las faldas de unas montañas en el borde del desierto sonorense. Don Juan me explicaba lo que me hacía con sus enseñanzas. Nos detuvimos a descansar y nos sentamos en unas rocas redondas. Siguió explicándome su procedimiento de enseñanza, y esto me animó a intentar, por centésima vez, hablarle de mis problemas. Resultaba evidente que ya no quería oír hablar de ello. Me hizo cambiar de niveles de conciencia y me dijo que si yo viera el molde del hombre, quizá entendería todo lo que él estaba haciendo conmigo y así nos ahorraríamos ambos años de labores.

»Me dio una explicación detallada de lo que era el molde del hombre. No habló de él en términos de las emanaciones del Águila, sino en términos de un patrón de energía que sirve para imprimir las cualidades de lo humano sobre una burbuja amorfa de materia biológica. Por lo menos así lo entendí yo, especialmente después de que me lo explicó aún más a fondo usando una analogía mecánica. Dijo que era como un gigantesco molde, un cuño que produce seres humanos uno por uno, interminablemente, como si legaran a él sobre una banda continua de producción en masa. Hizo una vívida mímica del proceso al unir con gran fuerza las palmas de sus manos, como si el cuño moldeara a un ser humano cada vez que eran unidas sus dos mitades. Dijo también que cada especie tiene su propio molde, y cada individuo de cada especie moldeado por el proceso muestra características particulares de su propia especie.

»Después empezó una elucidación extremadamente inquietante acerca del molde del hombre.

»Dijo que tanto los antiguos videntes como los místicos de nuestro mundo tienen una cosa en común, han podido ver el molde del hombre pero no entienden lo que es. A lo largo de los siglos, los místicos nos han legado conmovedores relatos de sus experiencias. Pero, por muy hermosos que sean, estos relatos se ven estropeados por el craso y desesperante error de pensar que el molde del hombre es un omnipotente y omnisciente creador; los antiguos videntes estaban igualmente errados al creer que el molde del hombre era un espíritu amistoso, un protector.

»Me aseguró que los nuevos videntes eran los únicos que tenían la sobriedad para ver el molde del hombre y para entender lo que es.

»Lo que han llegado a entender es que el molde del hombre no es un creador, sino el molde de todos los atributos humanos que podamos concebir, y de algunos que ni siquiera podemos concebir. El molde es nuestro Dios porque nos acuñó como lo que somos y no porque nos ha creado de la nada haciéndonos en su imagen y semejanza.

»Don Juan dijo que, en su opinión, el caer de rodillas en presencia del molde del hombre exuda arrogancia y autocentrismo humano.

»Conforme escuchaba la explicación de don Juan, me preocupé terriblemente.

»Aunque jamás me consideré un católico practicante, me escandalizaron sus blasfemas implicaciones. Lo estuve escuchando con atención y cortesía, pero ansiaba una pausa en su andanada de sacrilegios para poder cambiar de tema. Pero, sin tregua, siguió recalcando su punto de vista. Finalmente, lo interrumpí y le dije que yo creía en la existencia de Dios. Repuso que mi creencia estaba basada en la fe y que, como tal, era una convicción de segunda mano que no significaba nada; como la de todos los demás, mi creencia en la existencia de Dios estaba basada en un rumor que circulaba y no en el acto de ver.

»Me aseguró que aunque yo fuera capaz de ver, era seguro que cometería el mismo error de todos los místicos. Cualquiera que vea el molde del hombre supone automáticamente que es Dios. Dijo que la experiencia mística era un ver fortuito, algo que sucedía una sola vez en la vida, y que no tenía significado alguno porque era el resultado de un movimiento al azar del punto de encaje.

»Aseveró que los nuevos videntes eran realmente los únicos que podían emitir un juicio justo sobre este asunto, porque ellos eliminaron el ver fortuito y eran capaces de ver el molde del hombre cuantas veces quisieran. Por lo tanto, vieron que lo que llamamos Dios es un prototipo estático de lo humano, sin poder alguno. El molde del hombre no puede, bajo ninguna circunstancia, ayudarnos interviniendo a nuestro favor, ni puede castigarnos por nuestras maleficencias, ni recompensarnos de ninguna manera. Somos simplemente el producto de su sello, somos su impresión. El molde del hombre es exactamente lo que dice su nombre, un cuño, una forma, una moldura que agrupa a un haz particular de elementos, de fibras luminosas, que llamamos hombre.

»Lo que dijo me hundió en un estado de gran angustia. Pero no parecía preocuparle mi genuina agitación. Siguió aguijoneándome con lo que llamaba el crimen imperdonable de los videntes fortuitos, que nos hacen enfocar nuestra energía irreemplazable en algo que no tiene absolutamente ningún poder para hacer nada.

»Mientras más hablaba, más crecía mi disgusto. Cuando me vi tan molesto que estaba a punto de gritarle, me hizo entrar en un estado de conciencia acrecentada aún más profundo. Me golpeó en el lado derecho, entre la cadera y las costillas. Ese golpe me hizo remontarme hasta una luz radiante, al corazón de una diáfana fuente de la más pacífica y exquisita beatitud. Esa luz era un refugio, un oasis en la negrura que me rodeaba.

»Desde mi punto de vista subjetivo, vi esa luz durante un periodo de tiempo incalculable. El esplendor de esa visión rebasaba todo lo que pueda decir, y sin embargo no podía deducir qué era lo que la hacía tan hermosa. Me vino entonces la idea de que su belleza surgía de un sentido de la armonía, de una sensación de paz y descanso, de haber arribado, de finalmente estar a salvo. Me sentí inhalar y exhalar, con quietud y alivio. ¡Qué espléndida sensación de plenitud! Supe, sin sombra de duda, que ahora estaba cara a cara con Dios, con el origen de todo. Y sabía que Dios me amaba. Dios era amor y perdón. La luz me bañó, y me sentí limpio, liberado. Lloré incontrolablemente, sobre todo por mí mismo. La visión de esa luz resplandeciente me hizo sentirme indigno, despreciable.

»De pronto, escuché la voz de don Juan en mi oído.

»Dijo que tenía que ir más allá del molde, que el molde era simplemente una fase, un momento de respiro que le brindaba paz y serenidad transitoria a aquéllos que viajan hacia lo desconocido, pero que era estéril, estático. Era a la vez una imagen plana reflejada en un espejo y el espejo en sí. Y la imagen era la imagen del hombre.

»Resentí apasionadamente lo que decía don Juan; me rebelé contra sus palabras blasfemas y sacrílegas. Quería insultarlo, pero no podía romper el poder de retención de mi ver. Estaba atrapado en él.

»Don Juan parecía saber con exactitud cómo me sentía y lo que quería decirle. —No puedes insultar al nagual —dijo en mi oído—. Es el nagual quien te permite ver. La técnica es del nagual, el poder es del nagual. El nagual es el guía.

»Fue en ese momento en el que me di cuenta de algo acerca de la voz en mi oído. No era la voz de don Juan, aunque era muy parecida. También, la voz tenía razón. El instigador de esa visión era el nagual Juan Matus. Eran su técnica y su poder los que me hacían ver a Dios.

»Dijo que no era Dios, sino el molde del hombre; yo sabía que tenía razón. Sin embargo, no podía admitirlo, no por irritación o necedad, sino simplemente por la absoluta lealtad y el amor que yo sentía por la divinidad que estaba frente a mí.

»Mientras contemplaba la luz con toda la pasión de la que yo era capaz, la luz pareció condensarse y vi a un hombre. Un hombre brillante que exudaba carisma, amor, comprensión, sinceridad, verdad. Un hombre que era la suma total de todo lo que es bueno. El fervor que sentí al ver a ese hombre traspasaba todo la que había sentido en la vida. Caí de rodillas.

»Quería adorar a Dios personificado, pero don Juan intervino y me golpeó en la parte superior izquierda del pecho, cerca de la clavícula, y perdí de vista a Dios. Quedé presa de un sentimiento mortificante, una mezcla de remordimiento, júbilo, certezas y dudas. Don Juan se burló de mí. Me llamó piadoso y descuidado y dijo que yo podría ser un gran sacerdote, un cardenal; podía incluso hacerme pasar por un líder espiritual que había tenido una visión fortuita de Dios.

»Jocosamente, me instó a comenzar a predicar y a describirle a todos cómo era Dios. De manera muy casual pero aparentemente interesada dijo algo que era mitad pregunta, mitad aseveración.

»—¿Y el hombre? —preguntó—. No puedes olvidar que Dios es un varón.

»Mientras entraba en un estado de gran claridad, comencé a tomar conciencia de la enormidad de lo que me decía.

»—Qué conveniente, ¿eh? —agregó don Juan sonriendo—. Dios es un varón. ¡Qué alivio!

El fuego interno, Carlos Castaneda, 1984

lunes, 10 de agosto de 2020

Guía del Autoestopista Espiritual - El Mundo de los Antiguos Videntes Hoy


"Con el permiso del que no tiene nombre, procedo con mi testimonio para que quede asentada toda la verdad.

En cierta ocasión, muy temprano por la mañana, me despertó una llamada telefónica. Era él, y se oía francamente mal. Dijo que estaba hospedado en el hotel Camino Real de la ciudad de México y que se encontraba muy enfermo. Añadió que no había podido dormir en toda la noche, y que solo estaba esperando a que amaneciera para llamarme.

Le pregunté en qué podía ayudarle.

Me respondió que necesitaba con urgencia cierta medicina preparada especialmente para él por un yerbero de un pueblo cercano, y que si yo podía ir a por ella.

Me puse a sus órdenes. Entonces él me dio las coordenadas y el nombre de la persona con quien debía ir a buscar la poción.

En ese punto, hizo un comentario que me pareció extraño, ya que nada tenía que ver con lo que hablábamos:

-Cuando Hernán Cortés llegó a México, ordenó quemar sus naves. Ese fue el acto mágico que le garantizó la victoria. Para él, se trataba de ganar o perecer, no había otra opción. Por lo tanto, hay que tomar en cuenta que cada empresa puede ser la última.

Siguió diciendo que tenía un agudo dolor de estómago y que esas plantas eran lo único en el mundo que podía aliviarlo.

No esperé más. Al colgar el teléfono, ya estaba de camino a Tepoztlán, un pintoresco pueblito pegado a las montañas, a solo una hora de autobús al sur de la ciudad de México. Mi intención era regresar con la encomienda tan pronto me fura posible, a fin de ayudar a Carlos con su dolor.

Hoy, desde la perspectiva que tengo después de tantos años, comprendo lo que él quiso decir con eso de que cada empresa puede ser la última.

Al descender del autobús, me dirigí directamente al mercado. Mientras caminaba calle abajo, no pude dejar de maravillarme por lo hermoso del paisaje. Allá arriba, encaramada en lo alto del cerro, se veía la pirámide de Tepozteco.

Era un día soleado y solo me tomó unos minutos recorrer el camino hasta el centro del pueblo. Ya en el mercado, busqué la sección de hierbas y pregunté por el nombre de don Eladio. Nadie pareció saber de él, o tal vez no querían responder a mis preguntas.

Me quedé ahí parado sin saber qué hacer, hasta que un señor de mediana edad y facciones indígenas, vestido de blanco, con sombrero de paja y huaraches, me preguntó qué se me ofrecía.

Le respondí que buscaba a don Eladio, el yerbero, y que venía de parte del señor José Cortés. Su cara se iluminó; con una gran sonrisa, me extendió la mano para saludarme y me dijo que él era Eladio Zamora, y que estaba a mis órdenes.

Le comenté que venía a por la medicina que le habían encargado.

Pareció no saber de qué hablaba yo, pero cuando le dije que el señor José Cortés estaba sufriendo de un fuerte dolor de estómago, reaccionó como si recordase algo. En forma dramática me dijo que ya sabía de qué se trataba, pero que, desafortunadamente, no había podido ir a por la hierba en cuestión, por lo cual no la tenía disponible en aquel momento para preparar el brebaje.

Me alarmé, pues sabía muy bien lo que pasaba con aquellos que fallan en alguna tarea que les encomendase Carlos Castaneda: sencillamente, eran desechados.

Pregunté a don Eladio si había alguna forma de conseguir la planta en otra parte. Denegó con la cabeza:

-Es inútil que la busques, nadie la vende por aquí.

Insistí en que debía haber algún lugar donde pudiese encontrarla.

Observando mi desespero, me dijo que en ese momento no podía ir a por ella, pero, tal vez si yo regresaba el fin de semana…

Me puse muy nervioso y le dije que si él me describía  cómo era la planta y dónde crecía, yo estaba dispuesto a ir a buscarla por mi cuenta para que él preparase la medicina.

Al ver mi determinación, don Eladio accedió y me advirtió que llegar hasta el sitio donde crecía esa planta era cansado y peligroso.

-Estoy dispuesto a todo –le repliqué-.

Él pareció apreciar mis palabras, porque trajo un viejo libro de botánica y, después de rebuscar entre sus páginas, me mostró un dibujo de una planta. Afirmó que el único lugar de por allá donde crecía, era una cañada entre unos cerros, y me explicó cómo llegar.

Calculé unas dos horas hasta allá, así que me despedí de inmediato y me puse en camino.

La belleza de aquellos parajes es inmensa. Me llenaba de júbilo pensar que por aquellas yermas veredas alguna vez transitaron guerreros de otros tiempos.

El cerro estaba más lejos de lo que parecía. Cuando llegué a la cañada, me adentré como pude por en medio de las altas hierbas que proliferaban por allí. El lugar en cuestión está formado por la unión de dos cerros, donde el agua de las lluvias pasadas se queda acumulada en diversas pozas y fluye en forma lenta y perezosa.

Busqué durante largo rato. Por fin encontré la planta, pero, mientras estaba recogiéndola, sentí un fuerte golpe en la cabeza y perdí los sentidos.


Me despertó un penetrante olor. Estaba tendido en un petate, sobre un montón de hierbas. Miré alrededor y descubrí que me encontraba en una rústica cabaña. El suelo era de tierra apisonada y el techo, de tejas sostenidas por vigas de madera oscurecidas por el humo.


Cerca del horno de barro donde estaba el fuego, estaba una anciana de atuendo indio. Me llamó la atención que su piel fuera blanca. Al verme despierto, sonrió y dijo:

-¡Arre! ¡Bienvenido de regreso al mundo de los vivos! Por un momento creí que ya te había cargado la chingada.

No supe qué decir. Quise moverme y sentí un dolor lacerante en la cabeza; me dolía todo el cuerpo. La anciana se apresuró a acercarse a mí y, con voz de urgencia, me ordenó que no me moviera, ya que yo estaba vivo de milagro.

Por el dolor que sentía, pude percibir lo grave de mi condición e hice lo que ella me indicaba.

Le pregunté qué era lo que me había pasado.

Respondió que no sabía; creía que yo había sido atacado por salteadores que me habían apaleado y dejado por muerto en el cerro. Señalando la vestimenta que yo llevaba, me dijo que yo estaba desnudo cuando ella me encontró. En ese momento me di cuenta de que yo vestía una bata blanca con bordados de colibríes, al estilo de las mujeres indígenas.

La anciana se presentó. Me dijo que se llamaba Silvia Magdalena, que se dedicaba a la herbolaria y que estaba curando mis heridas.

Comentó que fue solo un golpe de suerte el que ella me hubiese encontrado en su camino, ahí tirado, desangrado y casi muerto. Añadió que yo llevaba ya tres días inconsciente y que en un par de días más podría levantarme.

Sus palabras me sobresaltaron. De nuevo quise incorporarme, pero me hallaba tan débil que volví a caer en el petate. Le confesé mi asombro por todo lo que me contaba y, en tono de lamento, le conté que había ido  hasta ese lugar en busca de unas hierbas para un amigo, pero que había fallado en mi tarea, por lo que de seguro ya no volvería a verlo.

Al escuchar mi queja ella se echó a reír. Yo no entendí por qué lo hacía.

Viendo mi expresión de desconcierto, me dijo:

-¡No me hagas caso! Soy dada a las explosiones de risa.

Los días que siguieron fueron los más extraños de mi vida. Pude observar cómo doña Silvia curaba diariamente a pacientes que se aquejaban de toda clase de males. Cuando me sentí un poco mejor de mis heridas, ella incluso me solicitó que le ayudase. De esa forma, sin darme cuenta, me inicié en el curanderismo.

Con el paso del tiempo, aprendí todo lo relativo al arte. Me enseñó a limpiar la energía de la gente, a hacer curaciones para diversos tipos de males, así como mucho de quiropráctica y una inmensidad de recetas de té.

Pronto comprendí que doña Silvia Magdalena era una bruja y que me había tomado como su discípulo. El solo hecho de estar con ella era para mí un verdadero deleite, ya que su humor y teatralidad en cada cosa que hacía eran magníficos, y me recordaban a las descripciones que hacía Carlos de sus maestros.

Pasé casi tres meses en aquel petate. La parte más difícil fue al comienzo, cuando todavía no podía moverme y tenían que venir algunos ayudantes para llevarme hasta el baño. Lo que empeoraba aún más la situación era que el baño estaba fuera de la casa.

Un día, cuando ya estaba mucho mejor, doña Silvia me dijo que en la próxima luna habría una ceremonia de iniciación para mí. Yo ya había aprendido mucho de su mundo y acepté la invitación como un verdadero honor.

Agregó:

-Lo único que me queda por contarte es que aquellos que participan de estas ceremonias son cambiados para siempre y jamás vuelven a ser los mismos, ya que no hay regreso a lo de antes.

Como de costumbre, no entendí a qué se refería, pues la mujer estaba llena de frases raras.

Eran más o menos las nueve de la noche cuando me pidió que la acompañara. Caminamos en la oscuridad por cerca de una hora, hasta que llegamos a un sitio donde había una fogata con personas a su alrededor. Cuando nos acercamos, ella me indicó que me sentara en una piedra que había por allí.

El sitio de la reunión estaba cerca de una cascada; yo podía oír su estruendo al caer, así como sentir un poco del aire húmedo que llegaba hasta donde estábamos.

El fuego daba luz suficiente como para ver a los demás participantes. Era un grupo de unas quince personas, la mayoría jóvenes, aunque había algunos viejos de aproximadamente la edad de doña Silvia. Me sentí un poco incómodo y apartado, pues parecía que yo era el único nuevo allí.

Yo nunca había estado en una ceremonia de ese tipo y no sabía cómo proceder ni qué era lo que nos esperaba; eso me llenaba de aprehensión. Los participantes cantaban solemnemente algo que no pude entender, pero que me llenaba de un indefinido sentimiento de añoranza.

Después de un rato de esperar, salió de la oscuridad un hombre vestido con el cuero de un coyote y se aproximó al fuego, bailando de forma extraña. Traía la cabeza del animal como máscara, de modo que no se le podía ver la cara. Por sus modales y forma de moverse, comprendí de inmediato que se trataba de un brujo.

Sin decir palabra, el hombre vino a mí. Con un gesto muy hábil agarró mi mano izquierda y la pasó por debajo de su brazo, dándome la espalda. Sentí un agudo dolor entre mis dedos y quise retraer mi brazo, pero él lo tenía fuertemente sujeto. Cuando me soltó, noté que me había hecho una cortada entre el dedo medio y el anular, por donde la sangre manaba libremente. Me conmocioné; hubiera salido corriendo de allí, de no ser porque el terror me paralizaba.

Entonces el brujo apretó mi mano para sacar todavía más sangre y vertió un poco sobre la tierra, otro tanto sobre el fuego y lo demás en una vasija de barro.

A continuación, me ordenó que me incorporara, me desvistiera y mantuviera los ojos cerrados. Había tal fuerza y autoridad en sus palabras, que hice como él me dijo.

Durante largo rato, el brujo rezó y cantó a mi alrededor. Sentí que me soplaba y pasaba hierbas de fragantes olores por todo mi cuerpo. Después, me limpió con el fuego de una antorcha o algo así.

En cierto momento, sentí que me vertía una sustancia caliente y viscosa sobre mi cabeza. Mi curiosidad era grande, pero no atreví a mirar por no desobedecerlo.

Finalmente, me ordenó abrir los ojos. Quedé chocado, ¡mi cuerpo estaba cubierto de sangre! En una roca frente a mí, vi el cuerpo de decapitado de un pequeño chivo negro. Quise protestar, pero la solemnidad de la ocasión me lo impidió.

Después me ordenaron que fuera a lavarme. Así lo hice; caminé desnudo frente a todos y me dirigí hacia la cascada. El agua estaba fría, pero mi cuerpo quemaba de calor y la sentí muy agradable mientras limpiaba la sangre que me pintaba de rojo.

Al salir de allí, alguien me esperaba con una toalla para que me secara. Me dieron mi ropa y me vestí, aún aturdido por los inesperados sucesos. Luego regresé a tomar mi lugar junto al fuego.

Apenas me senté, los reunidos en el círculo empezaron a pasar unos canastos llenos de botones de peyote. Cada cual tomaba un botón y pasaba el canasto hacia la izquierda. Pensé en rehusarlo, pero no había caso; yo había tomado mi decisión, así que me dije: ¿ya qué más da?, y me entregué a participar en forma gozosa de la ceremonia.

Durante la mayor parte de la noche estuvimos comiendo peyote y cantando. En cierto momento, cuando ya estaba bajo el efecto de la planta, el brujo se acercó, se detuvo ante mí y se quitó la máscara. Casi me desmayo del susto ¡hubiera jurado que era el mismo fantasma que había visto en la cripta de la catedral de México!

Un escalofrío recorrió mi espalda y quise gritar, pero el brujo me habló con una voz rara, así como áspera o seca de alguna forma. Me dijo que su nombre era Melchor Ramos y que yo era bienvenido entre ellos.

No supe qué responder; sólo asentí con la cabeza.

Yo estaba en un estado de conciencia muy especial y la claridad que disfrutaba entonces no era la acostumbrada en mi vida cotidiana.

Ya entrada la madrugada, los ayudantes hicieron una enorme espiral con las brasas de la fogata. Don Melchor vino hasta mí y me dijo que yo debía mirar la espiral hasta que Xolostoc (el diablo) se me revelara.

Con creciente aprehensión, hice lo que me ordenó, diciéndome para mis adentros que todo esto era mero simbolismo. Pero después de un momento de mirar mesméricamente hacia las brasas, terminé por marearme y me sentí caer por un túnel hacia una negrura total, donde ya no me reconocí como yo mismo.

Desde esa vez, jamás volví al mundo del cual vine. Ahora entiendo todo lo que me ha pasado, y agradezco a mi espléndida buena suerte el haber sido puesto en el camino de estos seres magníficos que son mi maestra y mi benefactor."

FIN

"Encuentros con el nagual. Conversaciones con Carlos Castaneda", Armando Torres, 2002

jueves, 6 de agosto de 2020

Guía del Autoestopista Espiritual - La Regla del Nagual de Tres Puntas - La tarea de los videntes actuales


"Al verificar la regla del nagual de tres puntas, don Juan dedujo que inevitablemente se acercaba el tiempo de una nueva casta de guerreros, a los que yo he llamado 'los videntes modernos'-

-¿Hay alguna peculiaridad en la composición luminosa de esos guerreros?

-No. En todas las épocas el patrón energético del hombre ha sido muy homogéneo, así que la organización de la partida es la misma. Sin embargo, los guerreros actuales están experimentando en su luminosidad un corrimiento hacia el verde, lo cual significa que están recuperando características propias de los antiguos videntes. Esto es algo imprevisto, aunque de seguro está contemplado en la regla.

La verdadera diferencia entre los videntes del pasado y los de ahora es de comportamiento. Actualmente no estamos sometidos a las mismas represiones de épocas anteriores y, por tanto, los brujos tienen menos restricciones. Esto claramente tiene una finalidad: la divulgación de la enseñanza.

A mí me ha tocado vivir en un momento de renovación. Mi cometido es cerrar con llave de oro la línea del nagual Juan Matus y abrir posibilidades a quienes vengan después. Por eso he dicho que soy el último nagual de mi linaje, no en un sentido absoluto, sino en un sentido de cambio radical.

En este punto, Carlos hizo un corte en su exposición y me recordó una plática que habíamos sostenido al principio de conocernos.

-Espero que lo que has visto durante estos años colme tus expectativas. Hice lo que pude, teniendo en cuenta tus limitaciones y las mías. Sé que ya has comenzado a educar a tu doble de ensueños y eso garantiza que puedes seguir por ti mismo; tu doble no te dejará en paz hasta que llegues a tu totalidad. La parte teórica ha terminado y es tiempo de hacerte un último regalo.

El tono entre familiar y solemne con que Carlos me dijo estas palabras hizo que concentrase toda mi atención.

-La enseñanza final dice que la relación que contrae con el intento toda persona que se acerca al nagual ocupa su lugar, cualquiera que este sea, dentro del contexto total de la regla. Así que no estás solo, los brujos esperan algo de ti.

-¿Qué cosa? -le pregunté, un poco desconcertado.

Me explicó:

-Todo guerrero tiene una tarea. La tuya es que cumplas con lo que te encargó el Espíritu; ese es tu camino de poder.

-¿Y cuál es esa tarea?

-Bueno, tu misión personal es algo que tu benefactor te comunicará algún día. Sin embargo, al entregarte la regla del nagual de tres puntas, yo estoy siguiendo una estrategia a largo plazo elaborada por el nagual Juan Matus, y eso te compromete con el intento de mi maestro.

Lo que se espera de ti es que digas a quienes te rodean: ¡Ustedes son libres, pueden volar por cuenta propia! Ya tienen la información necesaria, ¿qué más esperan? Actúen impecablemente y verán cómo la energía encuentra un modo de encauzarse.

Avisa a todos de que, a partir de la culminación del linaje de don Juan, el conocimiento ha quedado abierto. Cada guerrero es responsable por sí mismo y puede proveerse de la oportunidad mínima, que es organizar una partida."

"Encuentros con el nagual. Conversaciones con Carlos Castaneda", Armando Torres, 2002

miércoles, 5 de agosto de 2020

Guía del Autoestopista Espiritual - La Regla del Nagual de Tres Puntas - La porción de la regla del nagual de tres puntas


"Como sabes, mi maestro entró en contacto con la regla para el nagual de tres puntas cuando trató de analizar ciertas anomalías dentro del nuevo grupo. Aparentemente, yo no encajaba con el resto de los aprendices. Entonces él me dedicó suficiente atención como para ver que yo enmascaraba mi configuración energética.

-¿Quieres decir que el ver de don Juan estaba equivocado?

-¡Por supuesto que no! Lo que se confundió fue su mirar. Ver es la forma final de la percepción; allí no hay apariencias, así que no es posible engañarse. Sin embargo, debido a la presión que él ejerció sobre mí durante años, mi energía luchó por amoldarse a la suya. Eso es común entre los aprendices. Como él estaba dividido en cuatro compartimientos, yo también comencé a manifestar en mis acciones una carga energética similar.

Cuando logré despegarme lo suficiente de su influencia (cosa que me tomó casi diez años de trabajo arduo) ambos descubrimos algo asombroso: mi luminosidad solo tenía tres compartimentos; no correspondía a la de una persona común y corriente, que tiene solo dos, pero tampoco a la de un nagual. Este descubrimiento creó una gran conmoción en el grupo de videntes, ya que todos presagiaron un cambio profundo para el linaje.

Entonces don Juan recurrió a la tradición de sus antecesores y desempolvó un aspecto olvidado de la regla. Me dijo que la elección de un nagual de ningún modo puede considerarse como un capricho personal, ya que en todas las épocas es el Espíritu el que escoge al sucesor de un linaje. Por lo tanto, mi anomalía energética era parte de un comando. Ante mis apremiantes preguntas me aseguró que, a su debido tiempo, un mensajero me explicaría la función de mi presencia como nagual de tres puntas.

Años más tarde, en una ocasión en que visitaba una de las salas del Museo Nacional de Antropología e Historia, observé a un indígena vestido a la usanza tarahumara que parecía tener el mayor interés por una de las piezas que allí se exhibían. Dándole vueltas, la examinaba por todos lados y demostraba una concentración tan absoluta, que mi curiosidad se despertó y me acerqué a mirar.

Al advertirme, el hombre me dirigió la palabra y comenzó a explicarme el significado de un conjunto de dibujos esmeradamente esculpidos sobre la piedra. Después, mientras meditaba sobre lo que me había dicho, recordé la promesa de don Juan y me di cuenta de que aquel hombre había sido enviado por el Espíritu para transmitirme la porción de la regla del nagual de tres puntas.

-¿Y qué es lo que dice esa porción?

-Afirma que "así como la partida tiene una matriz energética de número diecisiete (dos naguales, cuatro ensoñadoras, cuatro acechadoras, cuatro guerreros y tres correos), el linaje formado por una sucesión de partidas también tiene una estructura de poder, de número cincuenta y dos. El Águila ordenó que cada cincuenta y dos generaciones de naguales de cuatro puntas, aparezca un nagual de tres puntas que sirva de acción catártica para la propagación de nuevos linajes cuatripartitos.

También dice la regla que los naguales de tres puntas son destructores del orden establecido, pues su naturaleza no es creadora ni proveedora, y tienen la tendencia de esclavizar a todos los que les rodean. Añade que, de lograr la libertad, esos naguales deben hacerlo solos, porque su energía no está entonada para guiar a grupos de guerreros.

Como todo en el ámbito de la energía, el bloque de cincuenta y dos generaciones se divide en dos partes; las primeras veintiséis son de expansión y creación de nuevas líneas, las restantes están orientadas hacia la conservación y el aislamiento. Ese patrón de comportamiento se ha venido repitiendo milenio tras milenio, así que los brujos saben que es parte de la regla."

Como resultado de las actividades de un nagual de tres puntas, el conocimiento se masifica y se forman nuevas células de naguales de cuatro puntas. A partir de ahí, los linajes retoman la tradición de transmitir la enseñanza en forma lineal.

-¿Cada cuánto tiempo aparecen los naguales de tres puntas?

-Aproximadamente una vez por milenio. Esa es la edad del linaje al que yo pertenezco."

"Encuentros con el nagual. Conversaciones con Carlos Castaneda", Armando Torres, 2002


martes, 4 de agosto de 2020

Guía del Autoestopista Espiritual - La Regla del Nagual de Tres Puntas - Los naguales de tres puntas



"La regla es final, pero su diseño y conformación están en constante evolución. Solo que, a diferencia de lo que opinan los evolucionistas, quienes ven en las adaptaciones de la vida la acumulación de mutaciones genéticas al azar, los videntes saben que no hay casualidad en la regla. Ellos ven cómo un comando del Águila, en forma de una onda de energía, sacude de cuando en cuando a los linajes de poder, produciendo nuevas etapas en la brujería.

Un modo más exacto de referirlo, es suponiendo que todas las variantes posibles de la regla están contenidas en una matriz previa, y lo que va cambiando con el tiempo es el grado de conocimiento que tienen los brujos de esa totalidad y el énfasis que ponen en ciertas porciones. Tales períodos de cambio son cíclicos y están representados por el número tres.

-¿Por qué el tres?

-Porque los antiguos toltecas asociaban al tres con el dinamismo y la renovación. Ellos descubrieron que las formaciones ternarias anuncian cambios inesperados.

La regla ha dispuesto que, de cuando en cuando, aparezca en los linajes un tipo especial de naguales cuya energía no es cuatripartita, sino que tiene únicamente tres compartimentos. Los videntes les llaman 'naguales de tres puntas'.

Su energía es volátil, siempre están en movimiento, por eso les cuesta trabajo acumular poder. Desde el punto de vista del linaje, su composición es defectuosa, no llegan a ser verdaderos naguales. En compensación, carecen de la timidez y la reserva que caracterizan a los naguales clásicos, y poseen una capacidad inusitada para improvisar y comunicarse.

Se puede decir que los naguales de tres puntas son como el pájaro cuco, que es incubado en el nido ajeno. Son oportunistas, pero necesarios. A diferencia de los naguales de cuatro puntas, cuya libertad es pasar inadvertidos, los de tres puntas son personalidades públicas. Divulgan los secretos y propician la fragmentación de las enseñanzas, pero sin ellos los linajes de poder se habrían extinguido hace mucho tiempo.

Entre los nuevos videntes, la regla es que un nagual deje como descendencia una nueva partida. Algunos, por sus enormes excedentes energéticos, son capaces de ayudar a organizar una segunda o tercera generación de videntes. Por ejemplo, el nagual Elías Ulloa vivió lo suficiente como para crear la partida de su sucesor e influir en la siguiente. Pero ello no significó que el linaje se bifurcase; todos esos grupos formaron parte de la misma línea de transmisión.

En cambio, el nagual de tres puntas está facultado para transmitir conocimientos en forma radial, lo cual conlleva a la diversificación de los linajes. Su huevo luminoso ejerce un efecto de disgregación sobre el grupo que rompe la estructura lineal de transmisión y fomenta en los guerreros un deseo de cambio y acción, y una disposición activa a involucrarse con sus semejantes.

-¿Eso fue lo que pasó contigo?

-Así es. Debido a mis disposición luminosa, yo no tengo reparos en dejar focos de conocimiento donde quiera que vaya. Sé que necesito de una enorme cantidad de energía para cumplir con mi tarea, y que sólo puedo obtenerla de la masividad. Por eso estoy dispuesto a difundir el conocimiento y a transformar y redefinir los paradigmas."

"Encuentros con el nagual. Conversaciones con Carlos Castaneda", Armando Torres, 2002

lunes, 3 de agosto de 2020

Guía del Autoestopista Espiritual - La Regla del Nagual de Tres Puntas - El propósito de la Regla



«—¿Cuál es la finalidad de una partida?

»—Desde el punto de vista del Águila, explorar, verificar y acrecentar la regla. Cada generación de guerreros debe dejar su huella, porque la regla es acumulativa. La herencia del linaje consiste en una serie de posiciones del punto de encaje, a la que las sucesivas partidas van agregando sus propias adquisiciones. Es normal que los linajes lleven un 'diario' de incidentes donde los naguales apuntan sus descubrimientos.

»El interés básico de todo organismo es reproducirse. Por lo tanto, una forma de definirlo, sería decir que la regla es el esquema de un proceso reproductivo. Lo que busca es la perpetuación de la conciencia, algo que, a partir de cierto punto, no puede hacerse por cauces individuales. Los recursos que personalmente adquiere cada guerrero durante su entrenamiento, son logros secundarios.

»Desde el punto de vista de los brujos, el objeto de agruparse es forzar el paso a otro nivel de atención, ya que sin masa energética no hay vuelo.

»—¿Quieres decir que los guerreros solitarios no tienen posibilidades?

»—No. Lo que quiero decir es que una partida puede llegar más lejos.

»Imagínate que vives en una colonia de orugas gregarias en estado de metamorfosis. De repente, uno de los capullos hace eclosión y su morador se marcha en un momentáneo estallido de luz y color. La sensación que te queda es que aquella oruga desapareció. En cambio, para ella, su verdadera vida como mariposa habrá comenzado. Ahora bien, una oruga solitaria es más probable que termine en el estómago de un pájaro.

»Del mismo modo, el objetivo ulterior de los guerreros es el salto definitivo a la tercera atención, la liberación de toda forma de interpretación. La cantidad de energía que hace falta para esto sólo se puede lograr mediante un consenso especial de masa crítica, a fin de generar los acuerdos necesarios para compactar la energía.

»Sin embargo, como muchas partidas no consiguen llegar a su plenitud energética, los naguales han construido un oasis habitable dentro de la segunda atención, un enorme edificio de intento en algún punto alejado del ensueño, a donde van los videntes en solitario o en pequeños grupos. Yo le llamo 'La cúpula del intento', porque tiene esa forma a la vista, pero don Juan prefería llamarle 'El cementerio de los naguales'.

»—¿Por qué le llamaba así?

»—Porque quedarse a vivir en ese espacio implica la muerte literal del brujo. En un sentido nada alegórico, se trata de un cementerio. Aunque quienes eligen ese destino hayan logrado la expansión de la consciencia por un enorme periodo de tiempo, tendrán que prescindir de ella cuando llegue el momento.

»Así que, para muchos brujos, el objetivo inmediato de la partida suele ser la cúpula de los naguales, en la esperanza de poder usarla como puerto de paso donde se acumulan provisiones para una gran expedición. Para llegar hasta allí no es necesario que todo el grupo parta de una vez. En ocasiones, los guerreros elijen marchar de uno en uno. En ese caso, pueden retornar parcialmente, en tanto no se complete la totalidad de la estructura energética del grupo.

»Como comprenderás, los desafíos en que los guerreros se involucran durante su existencia humana son apenas un preludio; lo tremendo viene después. No me preguntes a qué se dedican mientras permanecen en aquel mundo, a ti te sonaría como un cuento de hadas. Lo importante es que todas sus actividades están regidas por la regla.

»Le comenté que, teniendo en cuenta el objetivo de la partida, la regla podía interpretarse como el equivalente prehispánico de lo que otras culturas llamaron 'leyes divinas', es decir, un conjunto de normativas diseñadas para la salvación del hombre.

»Me respondió:

»—No es igual, porque no parte de un ser supremo. El mecanismo de la regla es impersonal, carece de bondad o compasión. No tiene más objetivo que su propia continuidad.

»Dejándose seducir por las analogías, los antiguos videntes cometieron el error de identificar a la regla con sus interpretaciones particulares, y terminaron adorándola y erigiendo templos en su honor. los nuevos videntes repudiaron todo eso. Al explorar el acecho, desempolvaron la esencia de la brujería y redescubrieron la meta de la libertad total, que no se parece en nada a las metas religiosas. Eso borró en ellos la fascinación por el molde humano, pero tuvo un efecto secundario que ya te he explicado: el desenfrenado entusiasmo de los antiguos fue sustituido por actitudes furtivas y de desconfianza.

»El efecto del acecho sobre las partidas terminó traicionando los móviles iniciales. Con el tiempo, el objetivo de la libertad total llegó a plantearse sólo de forma retórica. Casi todos los brujos del linaje de don Juan prefirieron el vuelo a la segunda atención.  Exceptuando al nagual Julián Osorio, ninguno de ellos quiso privarse de la aventura y el éxtasis de visitar la cúpula de los naguales, construida de intento allá, en una de las estrellas de la constelación de Orión."

"Encuentros con el nagual. Conversaciones con Carlos Castaneda", Armando Torres, 2002

domingo, 2 de agosto de 2020

Guía del Autoestopista Espiritual - La Regla del Nagual de Tres Puntas - El orden de la partida

El orden de la Partida


"-¿Cuántos guerreros integran un grupo?

-El orden normal de una partida es cuatripartita, ya que la Regla tiene forma de pirámide. La formación y el crecimiento se realizan de acuerdo con esa estructura básica. Como en las pirámides, la arquitectura del grupo se compone de una base con cuatro puntas, integradas cada una de ellas por tres guerreros: una ensoñadora, una acechadora y un ayudante masculino. Las puntas se conectan entre sí a través de mensajeros, y por encima de todos está la parejas de naguales.

La Regla se manifiesta a un hombre o una mujer doble mediante una visión, y ellos tienen que aceptarla para ser considerados naguales. A partir de esta aceptación, los naguales van juntando poco a poco a sus guerreros, siguiendo siempre las señales del Espíritu. Su capacidad de conducir es natural e indisputable, porque ellos, al ser dobles, reflejan a cada uno de los tipos de su partida.

Se puede definir a los naguales como un hombre y una mujer de extraordinaria energía, involucrados en un acto de fecundación de un alcance infinitamente más elevado que todo cuanto conoce el ser humano. Mientras permanecen juntos, ellos suelen presentarse frente a la sociedad como marido y mjuer.

La facultad del hombre nagual es usar las palabras más adecuadas para decir las cosas con precisión, claridad intelectual, fluidez y belleza. Entre los videntes del linaje al que pertenecía el grupo de don Juan, el augurio para ocupar este puesto era estar muriendo. Todos sus líderes, exceptuándome a mí, fueron encontrados en tales condiciones.

-¿Por qué tu caso fue diferente?

-Porque hablando con propiedad, yo soy un nagual excedente. No vine a continuar el linaje, sino a sellarlo.

-¿Y cuál es la regla para la mujer nagual?

-La naguala es la luz que orienta todo el esfuerzo, la verdadera madre. Lo normal es que ella parta antes que el grupo y se mantenga fluctuando entre la primera y la segunda atención, visitando a los aprendices en el ensueño. Funciona como un faro y, en caso de necesidad, puede retornar de la segunda atención para sembrar una nueva generación de videntes.

Por su parte, las guerreras son de dos bandos, acechadoras y ensoñadoras. Tienen dos tipos de funciones: servir como portales y como guardianes. Los portales pertenecen al rumbo Sur, son el colador o filtro por donde pasan los aprendices. Determinan si un guerrero se queda o se va y tiene la mayor ingerencia en la forma de disponer a los miembros del equipo. Además, ellas son las convocadoras en las reuniones de poder.

Los guardianes son una especie de versión externa de los portales; hay uno blanco y uno negro. Se les ha encargado vigilar por el buen funcionamiento del grupo, lo cual significa que están alertas ante posibles ataques desde el exterior, y también están prestos a resolver los problemas internos. Entre los nuevos videntes, todas estas funciones están a cargo de las mujeres.

-¿Por qué es así?

-Porque las mujeres tienen mayor movilidad y más energía que los hombres. Casi todo el Universo es de naturaleza femenina, y los equipos de brujas viajan por allí como si estuvieran en su propia casa. Esa capacidad de circular sin interferencias por la energía oscura las convierte en la batería del grupo.

En cambio, nosotros somos detectados enseguida, porque nuestra energía es clara y se delata. Además, como no fuimos hechos para parir, no tenemos un órgano especializado para el ensueño. Exceptuando al nagual, los elementos masculinos no tienen mucho brillo dentro de una partida.

Aun así, la regla establece que haya cuatro guerreros dedicados a organizar, explotar y comprender, para lo cual ellos fijan sus puntos de encaje en sitios muy específicos de la energía. Su presencia sirve para estabilizar al grupo, neutralizando las fuertes explosiones de poder que protagonizan las guerreras. Si no fuera por ellos, la estructura se volatilizaría en cuanto las mujeres lograsen cierto grado de eficiencia. Así que los hombres funcionan como anclas, fijan al grupo hasta que se consigue un máximo de poder.

Debido a su forma, don Juan llamaba a la partida 'la organización de la serpiente'. Este es un concepto que él heredó de los viejos videntes, por las manchas cuadradas que tiene la serpiente de cascabel sobre su piel. Afirmaba que la cabeza del animal, con sus ojos fijos e hipnóticos, representa a la pareja nagual. El pecho corresponde a las guerreras ensoñadoras, cuya función es inhalar las visiones y distribuirlas por todo el grupo. El vientre, a las acechadoras, capaces de digerir cualquier situación concebible. La cola son los ayudantes, quienes están encargados de dar movilidad al conjunto. Es una disposición muy fluida.

-¿Existen partidas que tengan otras formaciones?

-En gran medida, los guerreros son el resultado de la manipulación implacable del nagual. Puedes comprender que, después de algunos años de esa constante presión, la forma de un grupo, e incluso el matiz luminoso que va tomando la energía de cada uno de sus componentes, se hacen muy específicos. Es por eso que existen tantos linajes de brujos. Pero todos tienen, básicamente, el tipo de partidas piramidales que te he descrito, ya que la experiencia ha demostrado que esta es la fórmula más estable."

"Encuentros con el nagual. Conversaciones con Carlos Castaneda", Armando Torres, 2002