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jueves, 19 de noviembre de 2020

Clásicos de la conspiración - Civilizaciones desaparecidas: Maya y Anasazi

“Wang calculó que, dispuestos en una formación similar, los habitantes de toda la Tierra ocuparían una superficie similar a la del distrito Huangpu de Shanghai. Portentosa como era aquella imagen, al mismo tiempo revelaba la fragilidad de la civilización”

“El problema de los tres cuerpos”, Cixin Liu, 2016



Existen múltiples teorías que explican -o tratan de explicar- la repentina desaparición de algunas civilizaciones: la maya y la anasazi son las más populares. El relato oficial, y en el que hay un consenso mayoritario por parte de los historiadores y antropólogos, viene a decir que hubo un largo tiempo de sequía, cuya consecuencia más significativa fue la falta de abastecimiento de alimentos a las grandes poblaciones, cuyos habitantes perecieron, en su mayor parte, debido a la hambruna. Los supervivientes se disgregaron por el territorio buscando su supervivencia y quedando sumamente mermadas y atomizadas, olvidando con el tiempo, que alguna vez pertenecieron a una gran civilización. Dan otras posibles explicaciones de parecidas características, ofreciendo siempre un razonamiento 'naturalista' al fenómeno: lluvias torrenciales, plagas de cualquier tipo, malas cosechas por causas indeterminadas, etc.

No son estas teorías oficiales las que atraen mi atención sino las esotéricas, las místicas y conspiranoicas. Son las que mejor explican, sin dudas ni cabos sueltos, lo que les sucedió a los maya y anasazi.

Una es la del ex-currito, ex-esclavo, ex-esbirro o ex-cobaya del programa espacial secreto del cabal: Solar Warden, Corey Goode. Corey afirma haber estado en contacto con seres de la civilización maya durante el tiempo que permaneció en el programa "20 And Back", en el que te escogen en tu tierna infancia por alguna cualidad específica, la de Corey es ser empático-intuitivo, te entrenan durante el tiempo escolar, te secuestran, te llevan a una base de la Luna, hacen una copia de tu cuerpo físico que mantienen en estasis y te mandan por esos mundos de dios a leerles la mente y las intenciones a la fauna galáctica. Cuando acaba el período contratado, reingresan tu consciencia al cuerpo adolescente copiado, te borran la memoria de los veinte años y te mandan a casa pocos minutos después de haberte secuestrado, sin llegar nunca a honrar los acuerdos firmados en el contrato ¿Para qué iban a pagarle un retiro dorado a una persona que no recuerda haber trabajado para ti durante  veinte años? El truco perfecto.

Corey, -y algunos otros que también se han atrevido a hablar-, después de haber recuperado toda, o parte, de su memoria, cuenta sus andanzas con la bichería humana y alienígena, que daría para varios años de películas de ciencia-no-ficción. Uno de los relatos de Corey, es el que trata de un ser de raza maya (o cultura maya, que no se ofenda nadie) llamado Mica. Este hombre ayudó a Corey con su estado psicológico tras recuperar sus recuerdos, las cosas horrendas que hizo y que tuvo que presenciar harían que se nos pusieran los pelos de punta y dejasen en pañales a las teorías conspirativas más truculentas.

Mica le cuenta a Corey que pertenece a la cultura maya y que ésta no es originaria de la Tierra sino que fueron traídos aquí por seres benévolos y tecnológicamente avanzados para impedir que los seres que conquistaron su planeta, ubicado en nuestro vecindario solar, acabasen con su civilización para siempre. Era una forma de preservar esa semilla, por si acaso sucediera lo peor, cosa bastante probable con la agresividad con la que tratan los conquistadores a sus conquistados. Esta semilla maya plantada en la Tierra hace miles de años -en ningún momento se indica el tiempo que han vivido sobre la Tierra-, fue de nuevo trasplantada a su planeta original una vez que los conquistadores fueron expulsados de dicho planeta, quedando en la Tierra nada más que algunos residuos de la misma; las actuales poblaciones maya de la actualidad. Esta es la explicación a la desaparición del pueblo maya, pero no explica la desaparición de otras poblaciones sin parentesco ni contacto aparente como los anasazi.

Es aquí cuando la explicación que da 'El Desafiante de la Muerte', el inquilino del linaje de brujos-videntes al que perteneció Carlos Castaneda, cobra todo el sentido:



[…] “Don Juan explicó que en la cuarta compuerta del ensueño el cuerpo energético viaja a lugares concretos y específicos, y que hay tres maneras de usarla. Una es viajar a lugares concretos en este mundo, otra es viajar a lugares concretos fuera de este mundo, y otra es viajar a lugares que sólo existen en el intento de otros. Aseveró que la última era la más difícil y peligrosa de las tres, y que era, por cierto, la predilección de los brujos antiguos.”

[…] “Dijo que los brujos de su línea empezaban por mirar fijamente un simple objeto, memorizando cada uno de sus detalles. Luego cerraban los ojos y visualizaban el objeto, y después corregían su visualización con el objeto real hasta que pudieran verlo en su totalidad con los ojos cerrados.

El próximo paso en este esquema de desarrollo era ensoñar con el objeto y crear en el ensueño, desde el punto de vista de su propia percepción, la completa materialización del objeto. Este acto, dijo la mujer, era llamado el primer paso hacia la percepción total. De allí pasaban a visualizar más y más complejos artículos. Su objetivo final era que todos ellos juntos visualizaran un mundo total y después lo ensoñaran para así crear un reino totalmente real donde pudieran existir.

-Cuando cualquiera de los brujos de mi línea eran capaces de hacer eso -la mujer prosiguió-, podían fácilmente jalar a cualquiera adentro de su intento, adentro de su ensueño. Esto es lo que estoy haciendo ahora contigo, y lo que hice con todos los naguales de tu línea.

La mujer se rio como si le diera pena hacer tales aseveraciones.

-Es mejor que lo creas -dijo como si supiera que no le había creído-. Poblaciones enteras desaparecieron ensoñando de esta manera. Esa es la razón por la que te dije que la iglesia y el pueblo aquí son uno de los misterios de intentar en la segunda atención.

-Usted dijo que poblaciones enteras desaparecieron de esta manera, ¿cómo fue esto posible? -pregunté.

-Primero visualizaron y luego recrearon en su ensueño la misma escena -contestó-. Tú nunca has visualizado nada, así que para ti es muy peligroso entrar en mi ensueño.

Me advirtió que cruzar la cuarta compuerta y viajar a lugares que existen solamente en el intento de alguien era peligrosísimo, ya que cada objeto en ese ensueño tenía que ser lo máximo de lo personal.”

“El arte de ensoñar”, Carlos Castaneda, 1993


jueves, 15 de octubre de 2020

Guía del Autoestopista Espiritual - El Molde del Hombre. Última parte

 

"Después de relatarle a don Juan lo que recordaba, le pregunté acerca de algo que acababa de parecerme terriblemente extraño.

Obviamente, para poder ver el molde del hombre mi punto de encaje se había movido. El recuerdo de los sentimientos y entendimientos que me sucedieron entonces era tan vívido que me dio una sensación de absoluta futilidad. Sentía ahora todo lo que había hecho y sentido en aquel entonces. Le pregunté cómo era posible que, habiendo tenido una comprensión tan clara la hubiera olvidado de manera tan completa. Era como si nada de lo que me ocurrió en aquella ocasión importara, puesto que siempre tenía que partir del punto número uno, a pesar de lo que hubiera podido avanzar en el pasado.

-Esa es sólo una impresión emocional -dijo-. Una equivocación total. Lo que hayas hecho hace años está, sólidamente contenido en algunas emanaciones sin usar. Por ejemplo, ese día en que te hice ver el molde del hombre, yo mismo tuve una verdadera equivocación. Pensé que si lo veías, podrías entenderlo. Fue un auténtico malentendido de mi parte.

Don Juan explicó que siempre creyó que su mentalidad era lenta, sabía que le costaba aprender, pero nunca tuvo realmente la oportunidad de poner a prueba su creencia, porque nunca tuvo un punto de referencia fuera de sí mismo. Cuando aparecí yo y se convirtió en maestro, algo totalmente nuevo para él, se dio cuenta de que a lo mejor no era tan lento como creía. También llegó a entender que no hay manera de acelerar la comprensión, y que desalojar el punto de encaje no es suficiente para comprender.

Como el punto de encaje se mueve normalmente durante los sueños, a veces a posiciones extraordinariamente distantes, siempre que experimentamos un cambio inducido todos somos expertos en compensarlo de inmediato. De manera constante restablecemos nuestro equilibrio y la actividad prosigue como si nada nos hubiera sucedido. Comentó que el valor de las conclusiones de los nuevos videntes no se vuelve evidente hasta que uno trata de mover el punto de encaje de otra persona.

Los nuevos videntes dijeron que, en este respecto lo que cuenta es el esfuerzo para fortalecer la estabilidad del punto de encaje en su nueva posición. Consideraban que éste era el único procedimiento de enseñanza que valía la pena discutir. Y sabían que es un largo proceso que tiene que llevarse a cabo poco a poco, a paso de tortuga. Don Juan me aclaró que de acuerdo a una recomendación de los nuevos videntes, había usado plantas de poder al principio de mi aprendizaje.

A través de su experiencia y de su ver, ellos sabían que las plantas de poder sacuden al punto de encaje, alejándolo enormemente de su posición normal. En principio, el efecto de las plantas de poder sobre el punto de encaje es muy parecido al efecto que producen los sueños: los sueños lo mueven mínimamente, pero las plantas de poder logran moverlo en una escala gigantesca. Un maestro usa los efectos desorientados de tal movimiento para reforzar la noción de que la percepción del mundo jamás es final.

Recordé entonces que había visto el molde del hombre en otras cinco ocasiones, de una manera muy parecida a la primera. Después de cada una de ellas, me sentí menos apasionado con Dios. Sin embargo, nunca pude sobreponerme al hecho de que siempre veía a Dios como un varón. Al final, la sexta vez que lo vi dejó de ser Dios para mí, y se convirtió en el molde del hombre, no debido a lo que dijera don Juan, sino porque la posición de un Dios varón se volvió insostenible. Pude entender entonces las primeras aseveraciones de don Juan. No fueron para nada blasfemas o sacrílegas, porque no las hizo desde el contexto del mundo cotidiano. Tenía razón en decir que los nuevos videntes se encontraban en ventaja por ser capaces de ver el molde del hombre cuantas veces quisieran. Pero la verdadera ventaja era que tenían la sobriedad para poder examinar lo que veían.

Le pregunté por qué veía yo el molde del hombre como un varón.

Dijo que se debía a que, en ese momento, mi punto de encaje no poseía la estabilidad para permanecer completamente pegado a su nueva posición, y se movía lateralmente, en la banda del hombre. Era el mismo caso que ver la barrera de la percepción como una pared de niebla. Lo que hacía moverse lateralmente al punto de encaje era un deseo casi inevitable, o una necesidad, de presentar lo incomprensible en términos que nos resulte familiar: una barrera es una pared y el molde del hombre sólo puede ser un hombre. Pensaba que si yo hubiera sido mujer, hubiera visto al molde como una mujer.

Don Juan se levantó y dijo que era hora de que fuéramos al centro del pueblo, porque yo tenía que ver el molde del hombre entre la gente. En silencio, caminamos hacia la plaza, pero antes de que llegáramos sentí una oleada de energía incontenible y corrí por la calle hasta las afueras del pueblo. Llegué a un puente, y precisamente allí, como si me estuviera esperando, vi al molde del hombre como una cálida y resplandeciente luz ambarina. Caí de rodillas, no tanto por devoción, sino en una reacción física ante el asombro reverente. La visión del molde del hombre era más sorprendente que nunca. Sin arrogancia alguna, sentí que había experimentado un cambio enorme desde la primera vez que lo vi. Sin embargo, todas las cosas que había visto y aprendido sólo me dieron una apreciación más grande y más profunda del milagro que tenía frente a los ojos.

Al principio, el molde del hombre estaba sobrepuesto al puente, luego algo en mí se agudizó y vi que, hacia arriba y hacia abajo, el molde del hombre se extendía hasta el infinito; el puente no era más que un pequeñísimo armazón, un pequeñísimo bosquejo sobrepuesto a lo eterno. Eso eran también las minúsculas figuras de personas que se movían a mi alrededor, mirándome con descarada curiosidad. Pero yo sentía estar más allá de su alcance, aunque nunca estuve en una situación tan vulnerable. El molde del hombre no tenía poder para protegerme o compadecerse de mí, y sin embargo yo lo amaba con una pasión que no conocía límites.

Pensé entender entonces algo que don Juan me dijo una y otra vez, que el verdadero afecto no puede ser una inversión. Con toda felicidad, me hubiera convertido en sirviente del molde del hombre, no por lo que pudiera darme, porque no tiene nada que dar, sino por el absoluto afecto que sentía por él.

Tuve la sensación de algo que me jalaba, alejándome de aquel lugar, y antes de desaparecer de su presencia le grité una promesa al molde del hombre, pero una gran fuerza me arrebató antes de que pudiera terminar lo que quería decir.

De pronto, me encontré de rodillas en el puente, mientras un grupo de gente local me miraba riéndose. Don Juan llegó a mi lado y me ayudó a incorporarme y juntos caminamos de vuelta a la casa.

-Hay dos maneras de ver el molde del hombre -comenzó don Juan en cuanto nos sentamos-. Lo puedes ver como un hombre o lo puedes ver como una luz. Eso depende del movimiento del punto de encaje. Si el movimiento es lateral, el molde es un ser humano; si el movimiento ocurre en la sección media de la banda del hombre, el molde es una luz. El único valor de lo que has hecho hoy es que tu punto de encaje se desplazó en la sección media.

Dijo que la posición en la que uno ve el molde del hombre es muy cercana a aquella en que aparecen el cuerpo de ensueño y la barrera de la percepción. Esa era la razón por la que los nuevos videntes recomendaban ver y comprender el molde del hombre.

-¿Estás seguro de entender lo que es realmente el molde del hombre? -me preguntó con una sonrisa.

-Le aseguro, don Juan, que estoy perfectamente consciente de lo que es el molde del hombre - dije.

-Cuando llegué al puente te oí gritarle insensateces al molde del hombre -dijo con una sonrisa en extremo maliciosa.

Le dije que me sentí como un sirviente inservible que adoraba a un amo inservible, y sin embargo un afecto absoluto me llevó a jurar amor eterno. Todo le pareció chistoso y se rio hasta que empezó a ahogarse.

-La promesa de un sirviente inservible a un amo inservible es inservible -dijo y volvió a ahogarse de risa.

No sentí necesidad de defender mi posición. Mi afecto por el molde del hombre fue ofrecido sin reserva, sin pensar en recompensas. No me importaba que mi promesa fuera inservible."

"El fuego interno", Carlos Castaneda, 1984

Guía del Autoestopista Espiritual - El molde del Hombre. 2ª Parte

 

«Regresó después a la discusión del molde del hombre.

»Dijo que verlo por mi cuenta, sin ayuda de nadie, era un paso importantísimo, porque todos nosotros tenemos ciertas ideas que deben ser rotas antes de que seamos libres; el vidente que penetra en lo desconocido para vislumbrar lo que no se puede conocer tiene que estar en un estado de ser impecable. Me guiñó el ojo y dijo que el estar en un estado de ser impecable es estar libre de suposiciones racionales y temores racionales. Agregó que tanto mis suposiciones como mis temores me impedían, en ese momento, realinear las emanaciones que me harían recordar haber visto el molde del hombre. Me sugirió que girara mis ojos y me repitió una y otra vez que era verdaderamente importante recordarlo todo antes de verlo de nuevo. Y como el tiempo se le acababa no había cabida para mi lentitud acostumbrada.

»Siguiendo su sugerencia, moví los ojos. Casi de inmediato, olvidé mi incomodidad y de repente recordé que había visto el molde del hombre. Ocurrió eso años antes, en una ocasión bastante memorable para mí, porque desde el punto de vista de mi educación católica, don Juan hizo entonces las declaraciones más sacrílegas que jamás escuché.

»Todo empezó como una conversación amigable mientras subíamos las faldas de unas montañas en el borde del desierto sonorense. Don Juan me explicaba lo que me hacía con sus enseñanzas. Nos detuvimos a descansar y nos sentamos en unas rocas redondas. Siguió explicándome su procedimiento de enseñanza, y esto me animó a intentar, por centésima vez, hablarle de mis problemas. Resultaba evidente que ya no quería oír hablar de ello. Me hizo cambiar de niveles de conciencia y me dijo que si yo viera el molde del hombre, quizá entendería todo lo que él estaba haciendo conmigo y así nos ahorraríamos ambos años de labores.

»Me dio una explicación detallada de lo que era el molde del hombre. No habló de él en términos de las emanaciones del Águila, sino en términos de un patrón de energía que sirve para imprimir las cualidades de lo humano sobre una burbuja amorfa de materia biológica. Por lo menos así lo entendí yo, especialmente después de que me lo explicó aún más a fondo usando una analogía mecánica. Dijo que era como un gigantesco molde, un cuño que produce seres humanos uno por uno, interminablemente, como si legaran a él sobre una banda continua de producción en masa. Hizo una vívida mímica del proceso al unir con gran fuerza las palmas de sus manos, como si el cuño moldeara a un ser humano cada vez que eran unidas sus dos mitades. Dijo también que cada especie tiene su propio molde, y cada individuo de cada especie moldeado por el proceso muestra características particulares de su propia especie.

»Después empezó una elucidación extremadamente inquietante acerca del molde del hombre.

»Dijo que tanto los antiguos videntes como los místicos de nuestro mundo tienen una cosa en común, han podido ver el molde del hombre pero no entienden lo que es. A lo largo de los siglos, los místicos nos han legado conmovedores relatos de sus experiencias. Pero, por muy hermosos que sean, estos relatos se ven estropeados por el craso y desesperante error de pensar que el molde del hombre es un omnipotente y omnisciente creador; los antiguos videntes estaban igualmente errados al creer que el molde del hombre era un espíritu amistoso, un protector.

»Me aseguró que los nuevos videntes eran los únicos que tenían la sobriedad para ver el molde del hombre y para entender lo que es.

»Lo que han llegado a entender es que el molde del hombre no es un creador, sino el molde de todos los atributos humanos que podamos concebir, y de algunos que ni siquiera podemos concebir. El molde es nuestro Dios porque nos acuñó como lo que somos y no porque nos ha creado de la nada haciéndonos en su imagen y semejanza.

»Don Juan dijo que, en su opinión, el caer de rodillas en presencia del molde del hombre exuda arrogancia y autocentrismo humano.

»Conforme escuchaba la explicación de don Juan, me preocupé terriblemente.

»Aunque jamás me consideré un católico practicante, me escandalizaron sus blasfemas implicaciones. Lo estuve escuchando con atención y cortesía, pero ansiaba una pausa en su andanada de sacrilegios para poder cambiar de tema. Pero, sin tregua, siguió recalcando su punto de vista. Finalmente, lo interrumpí y le dije que yo creía en la existencia de Dios. Repuso que mi creencia estaba basada en la fe y que, como tal, era una convicción de segunda mano que no significaba nada; como la de todos los demás, mi creencia en la existencia de Dios estaba basada en un rumor que circulaba y no en el acto de ver.

»Me aseguró que aunque yo fuera capaz de ver, era seguro que cometería el mismo error de todos los místicos. Cualquiera que vea el molde del hombre supone automáticamente que es Dios. Dijo que la experiencia mística era un ver fortuito, algo que sucedía una sola vez en la vida, y que no tenía significado alguno porque era el resultado de un movimiento al azar del punto de encaje.

»Aseveró que los nuevos videntes eran realmente los únicos que podían emitir un juicio justo sobre este asunto, porque ellos eliminaron el ver fortuito y eran capaces de ver el molde del hombre cuantas veces quisieran. Por lo tanto, vieron que lo que llamamos Dios es un prototipo estático de lo humano, sin poder alguno. El molde del hombre no puede, bajo ninguna circunstancia, ayudarnos interviniendo a nuestro favor, ni puede castigarnos por nuestras maleficencias, ni recompensarnos de ninguna manera. Somos simplemente el producto de su sello, somos su impresión. El molde del hombre es exactamente lo que dice su nombre, un cuño, una forma, una moldura que agrupa a un haz particular de elementos, de fibras luminosas, que llamamos hombre.

»Lo que dijo me hundió en un estado de gran angustia. Pero no parecía preocuparle mi genuina agitación. Siguió aguijoneándome con lo que llamaba el crimen imperdonable de los videntes fortuitos, que nos hacen enfocar nuestra energía irreemplazable en algo que no tiene absolutamente ningún poder para hacer nada.

»Mientras más hablaba, más crecía mi disgusto. Cuando me vi tan molesto que estaba a punto de gritarle, me hizo entrar en un estado de conciencia acrecentada aún más profundo. Me golpeó en el lado derecho, entre la cadera y las costillas. Ese golpe me hizo remontarme hasta una luz radiante, al corazón de una diáfana fuente de la más pacífica y exquisita beatitud. Esa luz era un refugio, un oasis en la negrura que me rodeaba.

»Desde mi punto de vista subjetivo, vi esa luz durante un periodo de tiempo incalculable. El esplendor de esa visión rebasaba todo lo que pueda decir, y sin embargo no podía deducir qué era lo que la hacía tan hermosa. Me vino entonces la idea de que su belleza surgía de un sentido de la armonía, de una sensación de paz y descanso, de haber arribado, de finalmente estar a salvo. Me sentí inhalar y exhalar, con quietud y alivio. ¡Qué espléndida sensación de plenitud! Supe, sin sombra de duda, que ahora estaba cara a cara con Dios, con el origen de todo. Y sabía que Dios me amaba. Dios era amor y perdón. La luz me bañó, y me sentí limpio, liberado. Lloré incontrolablemente, sobre todo por mí mismo. La visión de esa luz resplandeciente me hizo sentirme indigno, despreciable.

»De pronto, escuché la voz de don Juan en mi oído.

»Dijo que tenía que ir más allá del molde, que el molde era simplemente una fase, un momento de respiro que le brindaba paz y serenidad transitoria a aquéllos que viajan hacia lo desconocido, pero que era estéril, estático. Era a la vez una imagen plana reflejada en un espejo y el espejo en sí. Y la imagen era la imagen del hombre.

»Resentí apasionadamente lo que decía don Juan; me rebelé contra sus palabras blasfemas y sacrílegas. Quería insultarlo, pero no podía romper el poder de retención de mi ver. Estaba atrapado en él.

»Don Juan parecía saber con exactitud cómo me sentía y lo que quería decirle. —No puedes insultar al nagual —dijo en mi oído—. Es el nagual quien te permite ver. La técnica es del nagual, el poder es del nagual. El nagual es el guía.

»Fue en ese momento en el que me di cuenta de algo acerca de la voz en mi oído. No era la voz de don Juan, aunque era muy parecida. También, la voz tenía razón. El instigador de esa visión era el nagual Juan Matus. Eran su técnica y su poder los que me hacían ver a Dios.

»Dijo que no era Dios, sino el molde del hombre; yo sabía que tenía razón. Sin embargo, no podía admitirlo, no por irritación o necedad, sino simplemente por la absoluta lealtad y el amor que yo sentía por la divinidad que estaba frente a mí.

»Mientras contemplaba la luz con toda la pasión de la que yo era capaz, la luz pareció condensarse y vi a un hombre. Un hombre brillante que exudaba carisma, amor, comprensión, sinceridad, verdad. Un hombre que era la suma total de todo lo que es bueno. El fervor que sentí al ver a ese hombre traspasaba todo la que había sentido en la vida. Caí de rodillas.

»Quería adorar a Dios personificado, pero don Juan intervino y me golpeó en la parte superior izquierda del pecho, cerca de la clavícula, y perdí de vista a Dios. Quedé presa de un sentimiento mortificante, una mezcla de remordimiento, júbilo, certezas y dudas. Don Juan se burló de mí. Me llamó piadoso y descuidado y dijo que yo podría ser un gran sacerdote, un cardenal; podía incluso hacerme pasar por un líder espiritual que había tenido una visión fortuita de Dios.

»Jocosamente, me instó a comenzar a predicar y a describirle a todos cómo era Dios. De manera muy casual pero aparentemente interesada dijo algo que era mitad pregunta, mitad aseveración.

»—¿Y el hombre? —preguntó—. No puedes olvidar que Dios es un varón.

»Mientras entraba en un estado de gran claridad, comencé a tomar conciencia de la enormidad de lo que me decía.

»—Qué conveniente, ¿eh? —agregó don Juan sonriendo—. Dios es un varón. ¡Qué alivio!

El fuego interno, Carlos Castaneda, 1984

Guía del Autoestopista Espiritual - Del Molde del Hombre. 1ª Parte


«Después del almuerzo, don Juan y yo nos sentamos a hablar. Comenzó sin preámbulo alguno. Anunció que habíamos llegado al final de su explicación. Dijo que ya había discutido conmigo todas las verdades del estar consciente de ser descubiertas por los antiguos videntes. Recalcó que ahora yo conocía el orden en el que los nuevos videntes las dispusieron. Dijo que en las últimas sesiones de su explicación me dio una relación detallada de las dos fuerzas que ayudan a mover nuestros puntos de encaje: el levantón de la tierra y la fuerza rodante. Explicó también las tres técnicas desarrolladas por los nuevos videntes: acecho, intento y ensueño, y sus efectos sobre el movimiento del punto de encaje.

»—Ahora —prosiguió—, lo único que te queda por hacer para completar la explicación de la maestría del estar consciente de ser es romper por tu cuenta la barrera de la percepción. Sin ayuda de nadie, tienes que mover tu punto de encaje y alinear otra gran banda de emanaciones. Si no llegas a lograr esto, todo lo que has aprendido y has hecho conmigo será mera plática, simplemente palabras. Y las palabras valen poco.

»Explicó que al moverse el punto de encaje y al alcanzar cierta profundidad, rompe una barrera e interrumpe momentáneamente su capacidad para alinear emanaciones. Experimentamos esa ruptura e interrupción como un vacío perceptual. Ese momento era llamado la “pared de niebla” por los antiguos videntes, porque aparece un banco de niebla cada vez que el alineamiento de emanaciones da un traspié. Dijo que hay tres maneras de tratar con esto. Se lo puede considerar de manera abstracta, como una barrera de percepción; se lo puede sentir como el acto de romper con el cuerpo entero un apretado tambor de papel; o se lo puede ver como una pared de niebla.

»A lo largo de mi aprendizaje con don Juan, me había orientado incontables veces para ver la barrera de la percepción. Al principio, me gustó la idea de una pared de niebla. Don Juan me advirtió que los antiguos videntes también prefirieron verlo de esa manera. Dijo que aportaba gran comodidad y holgura el verlo así, pero que también existía el grave peligro de convertir algo incomprensible en algo sombrío y agorero. Por lo tanto, él recomendaba dejar que las cosas incomprensibles siguieran siendo incomprensibles, en vez de convertirlas en parte del inventario de la primera atención. Después de un fugaz momento de alivio al ver la pared de niebla tuve que estar de acuerdo con don Juan en que era mejor dejar que el periodo de transición fuera una abstracción incomprensible, pero para entonces me resultaba imposible romper lo que mi conciencia había logrado. Cada vez que era colocado en posición de romper la barrera de la percepción, veía la pared de niebla.

»En el pasado, en cierta ocasión, me quejé con don Juan y Genaro de que aunque quería verla como otra cosa, no podía cambiar. Don Juan comentó que eso era comprensible porque yo era así tan mórbido y sombrío como los antiguos videntes, y que en este respecto él y yo éramos muy diferentes. Él era alegre y práctico y no adoraba el inventario humano. Yo, por otra parte, no quería deshacerme de mi inventario y de ahí que era pesado, siniestro e impráctico. Su áspera crítica me asombró y entristeció y me puse muy melancólico. Don Juan y Genaro rieron hasta que les corrieron lágrimas por las mejillas. Genaro agregó que además de todo eso yo era vengativo y tenía una tendencia a engordar. Se rieron con tanto deleite que finalmente me sentí obligado a unirme a ellos.

»Don Juan me dijo entonces que no importaba que viera la pared de niebla, porque tarde o temprano yo cambiaría.

»Los ejercicios de alinear emanaciones no usadas normalmente le permitían al punto de encaje ganar experiencia en moverse. Lo que sí debería preocuparme era cómo podría yo, por mí mismo, darme el empujón inicial para desalojar mi punto de encaje de su posición acostumbrada. Recalcó entonces que el alineamiento era la fuerza que tenía que ver con todo, por consiguiente, uno de sus aspectos, ‘el intento’, era lo que hacía moverse al punto de encaje. Volví a preguntarle acerca de esto.

»—Ahora estás en una posición que te permite contestarte a ti mismo esa pregunta —replicó—. Lo que le da el empujón al punto de encaje es la maestría de la conciencia. Después de todo, nosotros los seres humanos, no somos en realidad gran cosa; en esencia, somos un punto de encaje fijo en cierta posición. Si quieres moverlo toma en cuenta primero a nuestro enemigo y nuestro amigo a la vez, nuestro diálogo interno, nuestro inventario. Apaga tu diálogo interno; haz tu inventario y después deshazte de él. Los nuevos videntes hacen inventarios precisos y después se ríen de ellos. Sin el inventario, el punto de encaje se libera.

»Don Juan me recordó que me había hablado largamente acerca de uno de los aspectos más sólidos de nuestro inventario: nuestra idea de Dios. Dijo que ese aspecto era como una goma muy pegajosa que ligaba al punto de encaje a su posición original. Si yo fuera a alinear otro mundo total con otra gran banda de emanaciones, tenía que dar un paso obligatorio para poder soltar todas las amarras de mi punto de encaje.

»—Ese paso consiste en ver el molde del hombre —dijo—. Hoy tienes que hacerlo, sin ayuda de nadie.

»—¿Qué es el molde del hombre? —pregunté.

»—Te hice verlo muchas veces —contestó—. Tú sabes de lo que estoy hablando.

»Me abstuve de decir que no tenía ni la menor idea de lo que hablaba. Si decía que yo había visto el molde del hombre, debía hacerlo, aunque no tenía la más vaga noción de cómo era. Él parecía saber lo que cruzaba en mi mente. Me sonrió benévolamente y movió la cabeza de un lado a otro como si no creyera lo que yo pensaba.

»—El molde del hombre es un enorme racimo de emanaciones en la gran banda de la vida orgánica —dijo—. Se le llama el molde del hombre porque ese es el racimo que llena el interior del capullo del hombre. "El molde del hombre es la porción de las emanaciones del Águila que los videntes pueden ver directamente sin peligro alguno para ellos".

»Hubo una larga pausa antes de que volviera a hablar.

»—Romper la barrera de la percepción es la última tarea de la maestría de la conciencia —dijo—. Para poder mover tu punto de encaje a esa posición, por tu cuenta, tienes que reunir mucha energía. Haz un viaje de recuperación. ¡Recuerda lo que has hecho!

»Traté de recordar lo que era el molde del hombre. Fallé. Sentí una atroz frustración que pronto se convirtió en enojo real. Estaba furioso conmigo mismo, con don Juan, con todos. Mi furia no impresionó a don Juan. Con un tono ecuánime dijo que el enojo era una reacción natural ante la incapacidad del punto de encaje de moverse al comando.

»—Pasará mucho tiempo antes de que puedas aplicar el principio de que tu comando es el comando del Águila —dijo—. Esa es la esencia de la maestría del intento. Mientras tanto, da ahora mismo el comando de no impacientarte, ni siquiera en los peores momentos de duda. Transcurrirá un lento proceso antes de que ese comando sea escuchado y obedecido como si fuera un comando del Águila.

»Dijo también que hay una inmensurable área de conciencia entre la posición habitual del punto del encaje y la posición en la que ya no existen dudas, que por cierto es el lugar en el que se presenta la barrera de la percepción. En esa área inmensurable, los guerreros caen presa de todas las fechorías concebibles.

»Me advirtió que tenía que estar alerta y no perder la confianza, en vista de mis acciones, porque, de manera inevitable, me vería acosado en algún momento por un tenaz sentido de culpa y derrota.

»—Los nuevos videntes recomiendan un acto muy sencillo, cuando la impaciencia, o la desesperación, o el enojo, o la tristeza cruza su camino —prosiguió—. Recomiendan que los guerreros giren sus ojos. No importa en qué dirección; yo prefiero girar los míos en el sentido de las manecillas del reloj. "El movimiento de los ojos hace moverse o detenerse momentáneamente al punto de encaje. En ese movimiento encontrarás alivio. Esto se hace en sustitución de la verdadera maestría del intento".

»Me quejé de que no quedaba suficiente tiempo para que me enseñara la maestría del intento.

»—Ya te la he enseñado. Algún día habrás de recordarlo todo —me aseguró—. Una cosa desencadenará a la otra. Una palabra clave y todo saldrá de ti, como si hubiera cedido la puerta de un armario lleno a reventar.

El fuego interno, Carlos Castaneda, 1984

domingo, 30 de agosto de 2020

Feliz Apocalipsis - El Secreto Más Grande del Vaticano


Antes de que llegue mamá Censura y arrase con todo, como es su costumbre, me propongo contar cómo he llegado a la misma conclusión que Joseph Gregory Hallett o Stewart Swerdlow, acerca de cuál es uno de los mayores secretos del Vaticano, si no el mayor; porque hay una enorme variedad de secretos para elegir, no me cabe duda.

En estos vídeos del canal Bizion: 1 - 2, han doblado al castellano una entrevista hecha a Joseph Gregory Hallett, el supuesto rey legítimo de la corona británica, ejerciendo en su puesto y activo desde hace unos pocos meses. En dicha entrevista, King Joseph relata cómo la corona británica cayó en las garras de los banqueros Rothschild al arruinarse tras la batalla de Waterloo, siendo desde entonces un cascarón, más bien una fachada para los experimentos genéticos y sociales de los banqueros. La rama monárquica legítima marchó a Nueva Zelanda donde siguió conservando su historia y sus genes hasta el momento actual, en el que el rey Joseph ha asumido los cargos que le corresponden, (pendientes de ratificar con las ceremonias correspondientes según explica), heredando la corona británica, el asiento papal del Vaticano y el de Mesías o Cristo del estado de Israel.

En los primeros minutos del vídeo, el rey Joseph afirma que el secreto más grande del Vaticano es que hubo dos Jesús: sorprendente, como poco.

Esta misma historia es narrada también por un sobreviviente del Proyecto Montauk, Stewart Swerdlow. En esta entrevista que le hace Steve Locse a Stewart, éste explica cómo fue enviado al pasado para ‘eliminar’ a Jesús, mejor dicho, a uno de los dos, al bueno, por así decir, y cómo fue incapaz de hacerlo.

Muchas teorías sobre los viajes en el espacio-tiempo describen por qué es imposible cambiar el pasado en nuestra línea temporal y qué sucede cuando se intenta: se crea una nueva línea temporal que inicia con el cambio introducido, que tendrá un recorrido incierto, quizás infinito, y que precisamente por ello se ha dejado de intentar, por entes humanos al menos. Es una creencia común en algunos ambientes alternativos, que sí se puede cambiar el sino de los tiempos, aunque se debe hacer de forma muy sutil, con inducción o sugestión, por ejemplo sembrando predicciones, revelaciones o profecías; hay mucho por descubrir en ese campo y quizás lo retome algún día.

Para mí la cuestión de los dos Jesús se remonta a la segunda mitad de los años noventa. En ese lustro sucedieron muchas cosas significativas en mi vida: compré mi primera casa, empecé a trabajar un par de días a la semana en una librería esotérica de la que era cliente habitual además de seguir a tiempo completo en una ONG y conocí al escritor José Antonio Campaña, escritor del libro "Las Semillas de Cristo", en una visita al programa radiofónico nocturno de Miguel Blanco, "Espacio en Blanco", que escuchaba asiduamente desde su inicio allá por 1987.

Tiempo después, José Antonio pasaba por la librería para ver cómo iban las ventas de su libro y trabamos una cierta amistad. Por aquel entonces, José Antonio, su pareja y su hijo vivían en Alpedrete, muy cerca de la localidad en la que estaba situada la librería y pasaba de vez en cuando por allí. En una de sus visitas me propuso hacer una prueba para ver si yo podía ser una de las 'fuentes' para su nuevo libro "El legado de las semillas de Cristo", la secuela que estaba escribiendo de su primer libro, y le dije que ¡Sí, claro!, con mi entusiasmo habitual.

Estuve varias veces en casa de José Antonio, un chalet con un patio precioso, con unas frondosas plantas de la fruta de la pasión cuya flor sugiere en su forma a los clavos de Cristo; muy apropiado, pensaba yo en aquellos momentos. En cada visita, tras comer o cenar, hacíamos una sesión, que no podría llamarse de hipnosis ni de regresión, era más bien una leve sugestión. Consistía en sentarnos ante una mesa, frente a frente, cerrando los ojos y tomándonos de las manos mientras José Antonio recitaba en voz alta un padrenuestro, lo que inevitablemente llevaba a pensar en Jesús; al menos así era en mi caso.

En una de aquellas sesiones, mi mente o mi conciencia, en vez de ir a Egipto como era mi costumbre, o mi querencia, ya que no había ninguna orientación o inducción salvo el padrenuestro, se posicionó en el cuerpo de una mujer que estaba muy cerca de Jesús. Yo veía a Jesús como un ser brillante, es decir, no veía su cara o su cuerpo de la forma habitual sino que veía una bola luminosa (más tarde supe que se puede ver a los seres humanos como bolas luminosas —bendito Castaneda—). Es por eso que no puedo describir los rasgos de Jesús, teniendo en cuenta que cada quien ve la realidad según su nivel de conciencia, o de su nivel espiritual como quiera llamársele, por lo que me alegré mucho de no tener que hacer una descripción física, que me hubiera llevado una eternidad.

Cuando le dije a José Antonio que estaba con Él, en un día soleado, en un gran campo de sembradío en barbecho rodeado de árboles, creo que algarrobos, lleno de personas, cientos, calculé a ojímetro, que esperaban oír sus palabras, me pidió que le dijese que él estaba allí, que Él ya lo conocía y que quería preguntarle si iba a estar con él en el próximo viaje que iba a realizar para promocionar el libro. Me acerqué a Jesús y él me miró, entonces le trasladé mentalmente la pregunta indicada y, cómo explicarlo, pues ni modo, ¡la bola luminosa se echó a reír! Fue una carcajada completamente feliz y desinhibida a la que mi cuerpo físico, sentado a la mesa con J.A., respondió con otra carcajada muy similar. La lógica reacción de José Antonio fue preguntar:

—¿Qué te ha dicho?

Hasta aquí mi experiencia con Jesús. Me reservo algunas cosas por supuesto, pero es cuanto puedo contar. Más tarde, en aquella misma sesión, tras haber perdido la conexión con el Jesús luminoso, José Antonio me indicó que lo buscase de nuevo, a lo que mi mente respondió trasladándose hasta una playa. Era de noche y había una figura humana, ahora sí, sentada, abrazando sus rodillas mirando al mar. Era una figura masculina que mi mente identificó como Jesús, tenía el cabello largo, oscuro y ligeramente ondulado. Me acerqué a Él rodeándole por su izquierda y me lo quedé mirando a la cara por un breve instante. Tenía el rostro hermoso y equilibrado, yo sabía que Él sabía de mi presencia aunque no me mirase directamente. Mi mente se centró en sus ojos ¡Ojos negros! que miraban al horizonte hacia el mar y desprendían una profunda tristeza, puede que fuera nostalgia o soledad. Quise saber qué estaba sintiendo y por qué lo sentía, y mi consciencia entró a través de su ojo izquierdo, traspasándolo como si fuera una partícula de polvo y encontrando en su interior un universo completo, profundo y oscuro como sus ojos.

José Antonio iba preguntándome qué sucedía en mi experiencia y yo le iba relatando cuanto veía, no sin cierta resistencia —pues hubiera deseado completar mi viaje sin interrupciones—: que veía a Jesús por detrás, que miraba al mar, que vestía una túnica oscura, que tenía los ojos negros... —¡Sal de ahí, ese es el Otro! —gruñó José Antonio—. Naturalmente, mi mente se ofuscó y se acabó la magia de la experiencia. No entendí, ni le pregunté el porqué de su reacción, simplemente hice mis suposiciones.

Años más tarde, supe de los dos Jesús a través de Stewart Swerdlow. Ya sabía de su supuesta familia numerosa a través de “Caballo de Troya” de  J.J. Benítez y del libro de “Urantia”. He leído mucho sobre Él de muchos otros autores: Andreas Faber-Kaiser, Christopher Moore, Robert Graves y de muchísimos otros, pero hasta la confirmación del rey Joseph, la cuestión del ‘Jesús doble’ había permanecido en mi mente en un limbo de incertidumbre.

Ahora puedo decir que de algún modo conozco a los dos hermanos: el negro y el blanco, el bueno y el malo, pero no termino de saber por qué el Jesús de los ojos negros debe ser el malo. No vi ni sentí nada malo en Él, a pesar de la advertencia de José Antonio, nada más una tristeza infinita que yo misma siento cuando pienso en la situación de la humanidad.

   
 
¡Ah, y Feliz Apocalipsis!

miércoles, 12 de agosto de 2020

Feliz Apocalipsis - Viejas Ideas Nuevas Mentes II

   

   


Because you know I'm all about that bass
'Bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass
Bass, bass, bass (Bass)

Yeah, it's pretty clear, I ain't no size two
But I can shake it, shake it
Like I'm supposed to do
'Cause I got that boom, boom
That all the boys chase
And all the right junk in all the right places

I seem the magazines workin' that Photoshop
We know that shit ain't real
Come on now, make it stop
If you got beauty, beauty
Just raise 'em up
'Cause every inch of you is perfect
From the bottom to the top

Yeah, my mama
She told me, "Don't worry about your size"
(Shoo-wop-wop, sha-ooh-wop-wop)
She says, "Boys like a little more booty to hold at night"
(That booty, booty, uh, that booty, booty)
And, no, I won't be no stick-figure
Silicone Barbie doll
(Shoo-wop-wop, sha-ooh-wop-wop)
So, if that's what's you're into
Then go ahead and move along

Because you know I'm all about that bass
'Bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass

Hey, I'm bringing booty back
Go ahead and tell them skinny bitches that
No, I'm just playing, I know y'all think you're fat
But I'm here to tell ya
Every inch of you is perfect from the bottom to the top

Yeah, my mama
She told me, "Don't worry about your size"
(Shoo-wop-wop, sha-ooh-wop-wop)
She says, "Boys like a little more booty to hold at night"
(That booty, booty, uh, that booty, booty)
And, no, I won't be no stick-figure
Silicone Barbie doll
(Shoo-wop-wop, sha-ooh-wop-wop)
So, if that's what's you're into
Then go ahead and move along

Because you know I'm all about that bass
'Bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass

Because you know I'm all about that bass
'Bout that bass, no treble
I said I'm all about that bass, 'bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass, no treble
I said I'm all about that bass, 'bout that bass

Because you know I'm all about that bass
'Bout that bass, no treble
I said I'm all about that bass, 'bout that bass, no treble
I'm all about that bass, 'bout that bass, no treble
I said I'm all about that bass, 'bout that bass

'Bout that bass, 'bout that bass (Hey, hey)
Hey, hey, ooh, ooh, ooh
You know you love this bass, ayy


   
¡Ah, y Feliz Apocalipsis!

lunes, 10 de agosto de 2020

Guía del Autoestopista Espiritual - El Mundo de los Antiguos Videntes Hoy


"Con el permiso del que no tiene nombre, procedo con mi testimonio para que quede asentada toda la verdad.

En cierta ocasión, muy temprano por la mañana, me despertó una llamada telefónica. Era él, y se oía francamente mal. Dijo que estaba hospedado en el hotel Camino Real de la ciudad de México y que se encontraba muy enfermo. Añadió que no había podido dormir en toda la noche, y que solo estaba esperando a que amaneciera para llamarme.

Le pregunté en qué podía ayudarle.

Me respondió que necesitaba con urgencia cierta medicina preparada especialmente para él por un yerbero de un pueblo cercano, y que si yo podía ir a por ella.

Me puse a sus órdenes. Entonces él me dio las coordenadas y el nombre de la persona con quien debía ir a buscar la poción.

En ese punto, hizo un comentario que me pareció extraño, ya que nada tenía que ver con lo que hablábamos:

-Cuando Hernán Cortés llegó a México, ordenó quemar sus naves. Ese fue el acto mágico que le garantizó la victoria. Para él, se trataba de ganar o perecer, no había otra opción. Por lo tanto, hay que tomar en cuenta que cada empresa puede ser la última.

Siguió diciendo que tenía un agudo dolor de estómago y que esas plantas eran lo único en el mundo que podía aliviarlo.

No esperé más. Al colgar el teléfono, ya estaba de camino a Tepoztlán, un pintoresco pueblito pegado a las montañas, a solo una hora de autobús al sur de la ciudad de México. Mi intención era regresar con la encomienda tan pronto me fura posible, a fin de ayudar a Carlos con su dolor.

Hoy, desde la perspectiva que tengo después de tantos años, comprendo lo que él quiso decir con eso de que cada empresa puede ser la última.

Al descender del autobús, me dirigí directamente al mercado. Mientras caminaba calle abajo, no pude dejar de maravillarme por lo hermoso del paisaje. Allá arriba, encaramada en lo alto del cerro, se veía la pirámide de Tepozteco.

Era un día soleado y solo me tomó unos minutos recorrer el camino hasta el centro del pueblo. Ya en el mercado, busqué la sección de hierbas y pregunté por el nombre de don Eladio. Nadie pareció saber de él, o tal vez no querían responder a mis preguntas.

Me quedé ahí parado sin saber qué hacer, hasta que un señor de mediana edad y facciones indígenas, vestido de blanco, con sombrero de paja y huaraches, me preguntó qué se me ofrecía.

Le respondí que buscaba a don Eladio, el yerbero, y que venía de parte del señor José Cortés. Su cara se iluminó; con una gran sonrisa, me extendió la mano para saludarme y me dijo que él era Eladio Zamora, y que estaba a mis órdenes.

Le comenté que venía a por la medicina que le habían encargado.

Pareció no saber de qué hablaba yo, pero cuando le dije que el señor José Cortés estaba sufriendo de un fuerte dolor de estómago, reaccionó como si recordase algo. En forma dramática me dijo que ya sabía de qué se trataba, pero que, desafortunadamente, no había podido ir a por la hierba en cuestión, por lo cual no la tenía disponible en aquel momento para preparar el brebaje.

Me alarmé, pues sabía muy bien lo que pasaba con aquellos que fallan en alguna tarea que les encomendase Carlos Castaneda: sencillamente, eran desechados.

Pregunté a don Eladio si había alguna forma de conseguir la planta en otra parte. Denegó con la cabeza:

-Es inútil que la busques, nadie la vende por aquí.

Insistí en que debía haber algún lugar donde pudiese encontrarla.

Observando mi desespero, me dijo que en ese momento no podía ir a por ella, pero, tal vez si yo regresaba el fin de semana…

Me puse muy nervioso y le dije que si él me describía  cómo era la planta y dónde crecía, yo estaba dispuesto a ir a buscarla por mi cuenta para que él preparase la medicina.

Al ver mi determinación, don Eladio accedió y me advirtió que llegar hasta el sitio donde crecía esa planta era cansado y peligroso.

-Estoy dispuesto a todo –le repliqué-.

Él pareció apreciar mis palabras, porque trajo un viejo libro de botánica y, después de rebuscar entre sus páginas, me mostró un dibujo de una planta. Afirmó que el único lugar de por allá donde crecía, era una cañada entre unos cerros, y me explicó cómo llegar.

Calculé unas dos horas hasta allá, así que me despedí de inmediato y me puse en camino.

La belleza de aquellos parajes es inmensa. Me llenaba de júbilo pensar que por aquellas yermas veredas alguna vez transitaron guerreros de otros tiempos.

El cerro estaba más lejos de lo que parecía. Cuando llegué a la cañada, me adentré como pude por en medio de las altas hierbas que proliferaban por allí. El lugar en cuestión está formado por la unión de dos cerros, donde el agua de las lluvias pasadas se queda acumulada en diversas pozas y fluye en forma lenta y perezosa.

Busqué durante largo rato. Por fin encontré la planta, pero, mientras estaba recogiéndola, sentí un fuerte golpe en la cabeza y perdí los sentidos.


Me despertó un penetrante olor. Estaba tendido en un petate, sobre un montón de hierbas. Miré alrededor y descubrí que me encontraba en una rústica cabaña. El suelo era de tierra apisonada y el techo, de tejas sostenidas por vigas de madera oscurecidas por el humo.


Cerca del horno de barro donde estaba el fuego, estaba una anciana de atuendo indio. Me llamó la atención que su piel fuera blanca. Al verme despierto, sonrió y dijo:

-¡Arre! ¡Bienvenido de regreso al mundo de los vivos! Por un momento creí que ya te había cargado la chingada.

No supe qué decir. Quise moverme y sentí un dolor lacerante en la cabeza; me dolía todo el cuerpo. La anciana se apresuró a acercarse a mí y, con voz de urgencia, me ordenó que no me moviera, ya que yo estaba vivo de milagro.

Por el dolor que sentía, pude percibir lo grave de mi condición e hice lo que ella me indicaba.

Le pregunté qué era lo que me había pasado.

Respondió que no sabía; creía que yo había sido atacado por salteadores que me habían apaleado y dejado por muerto en el cerro. Señalando la vestimenta que yo llevaba, me dijo que yo estaba desnudo cuando ella me encontró. En ese momento me di cuenta de que yo vestía una bata blanca con bordados de colibríes, al estilo de las mujeres indígenas.

La anciana se presentó. Me dijo que se llamaba Silvia Magdalena, que se dedicaba a la herbolaria y que estaba curando mis heridas.

Comentó que fue solo un golpe de suerte el que ella me hubiese encontrado en su camino, ahí tirado, desangrado y casi muerto. Añadió que yo llevaba ya tres días inconsciente y que en un par de días más podría levantarme.

Sus palabras me sobresaltaron. De nuevo quise incorporarme, pero me hallaba tan débil que volví a caer en el petate. Le confesé mi asombro por todo lo que me contaba y, en tono de lamento, le conté que había ido  hasta ese lugar en busca de unas hierbas para un amigo, pero que había fallado en mi tarea, por lo que de seguro ya no volvería a verlo.

Al escuchar mi queja ella se echó a reír. Yo no entendí por qué lo hacía.

Viendo mi expresión de desconcierto, me dijo:

-¡No me hagas caso! Soy dada a las explosiones de risa.

Los días que siguieron fueron los más extraños de mi vida. Pude observar cómo doña Silvia curaba diariamente a pacientes que se aquejaban de toda clase de males. Cuando me sentí un poco mejor de mis heridas, ella incluso me solicitó que le ayudase. De esa forma, sin darme cuenta, me inicié en el curanderismo.

Con el paso del tiempo, aprendí todo lo relativo al arte. Me enseñó a limpiar la energía de la gente, a hacer curaciones para diversos tipos de males, así como mucho de quiropráctica y una inmensidad de recetas de té.

Pronto comprendí que doña Silvia Magdalena era una bruja y que me había tomado como su discípulo. El solo hecho de estar con ella era para mí un verdadero deleite, ya que su humor y teatralidad en cada cosa que hacía eran magníficos, y me recordaban a las descripciones que hacía Carlos de sus maestros.

Pasé casi tres meses en aquel petate. La parte más difícil fue al comienzo, cuando todavía no podía moverme y tenían que venir algunos ayudantes para llevarme hasta el baño. Lo que empeoraba aún más la situación era que el baño estaba fuera de la casa.

Un día, cuando ya estaba mucho mejor, doña Silvia me dijo que en la próxima luna habría una ceremonia de iniciación para mí. Yo ya había aprendido mucho de su mundo y acepté la invitación como un verdadero honor.

Agregó:

-Lo único que me queda por contarte es que aquellos que participan de estas ceremonias son cambiados para siempre y jamás vuelven a ser los mismos, ya que no hay regreso a lo de antes.

Como de costumbre, no entendí a qué se refería, pues la mujer estaba llena de frases raras.

Eran más o menos las nueve de la noche cuando me pidió que la acompañara. Caminamos en la oscuridad por cerca de una hora, hasta que llegamos a un sitio donde había una fogata con personas a su alrededor. Cuando nos acercamos, ella me indicó que me sentara en una piedra que había por allí.

El sitio de la reunión estaba cerca de una cascada; yo podía oír su estruendo al caer, así como sentir un poco del aire húmedo que llegaba hasta donde estábamos.

El fuego daba luz suficiente como para ver a los demás participantes. Era un grupo de unas quince personas, la mayoría jóvenes, aunque había algunos viejos de aproximadamente la edad de doña Silvia. Me sentí un poco incómodo y apartado, pues parecía que yo era el único nuevo allí.

Yo nunca había estado en una ceremonia de ese tipo y no sabía cómo proceder ni qué era lo que nos esperaba; eso me llenaba de aprehensión. Los participantes cantaban solemnemente algo que no pude entender, pero que me llenaba de un indefinido sentimiento de añoranza.

Después de un rato de esperar, salió de la oscuridad un hombre vestido con el cuero de un coyote y se aproximó al fuego, bailando de forma extraña. Traía la cabeza del animal como máscara, de modo que no se le podía ver la cara. Por sus modales y forma de moverse, comprendí de inmediato que se trataba de un brujo.

Sin decir palabra, el hombre vino a mí. Con un gesto muy hábil agarró mi mano izquierda y la pasó por debajo de su brazo, dándome la espalda. Sentí un agudo dolor entre mis dedos y quise retraer mi brazo, pero él lo tenía fuertemente sujeto. Cuando me soltó, noté que me había hecho una cortada entre el dedo medio y el anular, por donde la sangre manaba libremente. Me conmocioné; hubiera salido corriendo de allí, de no ser porque el terror me paralizaba.

Entonces el brujo apretó mi mano para sacar todavía más sangre y vertió un poco sobre la tierra, otro tanto sobre el fuego y lo demás en una vasija de barro.

A continuación, me ordenó que me incorporara, me desvistiera y mantuviera los ojos cerrados. Había tal fuerza y autoridad en sus palabras, que hice como él me dijo.

Durante largo rato, el brujo rezó y cantó a mi alrededor. Sentí que me soplaba y pasaba hierbas de fragantes olores por todo mi cuerpo. Después, me limpió con el fuego de una antorcha o algo así.

En cierto momento, sentí que me vertía una sustancia caliente y viscosa sobre mi cabeza. Mi curiosidad era grande, pero no atreví a mirar por no desobedecerlo.

Finalmente, me ordenó abrir los ojos. Quedé chocado, ¡mi cuerpo estaba cubierto de sangre! En una roca frente a mí, vi el cuerpo de decapitado de un pequeño chivo negro. Quise protestar, pero la solemnidad de la ocasión me lo impidió.

Después me ordenaron que fuera a lavarme. Así lo hice; caminé desnudo frente a todos y me dirigí hacia la cascada. El agua estaba fría, pero mi cuerpo quemaba de calor y la sentí muy agradable mientras limpiaba la sangre que me pintaba de rojo.

Al salir de allí, alguien me esperaba con una toalla para que me secara. Me dieron mi ropa y me vestí, aún aturdido por los inesperados sucesos. Luego regresé a tomar mi lugar junto al fuego.

Apenas me senté, los reunidos en el círculo empezaron a pasar unos canastos llenos de botones de peyote. Cada cual tomaba un botón y pasaba el canasto hacia la izquierda. Pensé en rehusarlo, pero no había caso; yo había tomado mi decisión, así que me dije: ¿ya qué más da?, y me entregué a participar en forma gozosa de la ceremonia.

Durante la mayor parte de la noche estuvimos comiendo peyote y cantando. En cierto momento, cuando ya estaba bajo el efecto de la planta, el brujo se acercó, se detuvo ante mí y se quitó la máscara. Casi me desmayo del susto ¡hubiera jurado que era el mismo fantasma que había visto en la cripta de la catedral de México!

Un escalofrío recorrió mi espalda y quise gritar, pero el brujo me habló con una voz rara, así como áspera o seca de alguna forma. Me dijo que su nombre era Melchor Ramos y que yo era bienvenido entre ellos.

No supe qué responder; sólo asentí con la cabeza.

Yo estaba en un estado de conciencia muy especial y la claridad que disfrutaba entonces no era la acostumbrada en mi vida cotidiana.

Ya entrada la madrugada, los ayudantes hicieron una enorme espiral con las brasas de la fogata. Don Melchor vino hasta mí y me dijo que yo debía mirar la espiral hasta que Xolostoc (el diablo) se me revelara.

Con creciente aprehensión, hice lo que me ordenó, diciéndome para mis adentros que todo esto era mero simbolismo. Pero después de un momento de mirar mesméricamente hacia las brasas, terminé por marearme y me sentí caer por un túnel hacia una negrura total, donde ya no me reconocí como yo mismo.

Desde esa vez, jamás volví al mundo del cual vine. Ahora entiendo todo lo que me ha pasado, y agradezco a mi espléndida buena suerte el haber sido puesto en el camino de estos seres magníficos que son mi maestra y mi benefactor."

FIN

"Encuentros con el nagual. Conversaciones con Carlos Castaneda", Armando Torres, 2002