lunes, 10 de agosto de 2020

Guía del Autoestopista Espiritual - El Mundo de los Antiguos Videntes Hoy


"Con el permiso del que no tiene nombre, procedo con mi testimonio para que quede asentada toda la verdad.

En cierta ocasión, muy temprano por la mañana, me despertó una llamada telefónica. Era él, y se oía francamente mal. Dijo que estaba hospedado en el hotel Camino Real de la ciudad de México y que se encontraba muy enfermo. Añadió que no había podido dormir en toda la noche, y que solo estaba esperando a que amaneciera para llamarme.

Le pregunté en qué podía ayudarle.

Me respondió que necesitaba con urgencia cierta medicina preparada especialmente para él por un yerbero de un pueblo cercano, y que si yo podía ir a por ella.

Me puse a sus órdenes. Entonces él me dio las coordenadas y el nombre de la persona con quien debía ir a buscar la poción.

En ese punto, hizo un comentario que me pareció extraño, ya que nada tenía que ver con lo que hablábamos:

-Cuando Hernán Cortés llegó a México, ordenó quemar sus naves. Ese fue el acto mágico que le garantizó la victoria. Para él, se trataba de ganar o perecer, no había otra opción. Por lo tanto, hay que tomar en cuenta que cada empresa puede ser la última.

Siguió diciendo que tenía un agudo dolor de estómago y que esas plantas eran lo único en el mundo que podía aliviarlo.

No esperé más. Al colgar el teléfono, ya estaba de camino a Tepoztlán, un pintoresco pueblito pegado a las montañas, a solo una hora de autobús al sur de la ciudad de México. Mi intención era regresar con la encomienda tan pronto me fura posible, a fin de ayudar a Carlos con su dolor.

Hoy, desde la perspectiva que tengo después de tantos años, comprendo lo que él quiso decir con eso de que cada empresa puede ser la última.

Al descender del autobús, me dirigí directamente al mercado. Mientras caminaba calle abajo, no pude dejar de maravillarme por lo hermoso del paisaje. Allá arriba, encaramada en lo alto del cerro, se veía la pirámide de Tepozteco.

Era un día soleado y solo me tomó unos minutos recorrer el camino hasta el centro del pueblo. Ya en el mercado, busqué la sección de hierbas y pregunté por el nombre de don Eladio. Nadie pareció saber de él, o tal vez no querían responder a mis preguntas.

Me quedé ahí parado sin saber qué hacer, hasta que un señor de mediana edad y facciones indígenas, vestido de blanco, con sombrero de paja y huaraches, me preguntó qué se me ofrecía.

Le respondí que buscaba a don Eladio, el yerbero, y que venía de parte del señor José Cortés. Su cara se iluminó; con una gran sonrisa, me extendió la mano para saludarme y me dijo que él era Eladio Zamora, y que estaba a mis órdenes.

Le comenté que venía a por la medicina que le habían encargado.

Pareció no saber de qué hablaba yo, pero cuando le dije que el señor José Cortés estaba sufriendo de un fuerte dolor de estómago, reaccionó como si recordase algo. En forma dramática me dijo que ya sabía de qué se trataba, pero que, desafortunadamente, no había podido ir a por la hierba en cuestión, por lo cual no la tenía disponible en aquel momento para preparar el brebaje.

Me alarmé, pues sabía muy bien lo que pasaba con aquellos que fallan en alguna tarea que les encomendase Carlos Castaneda: sencillamente, eran desechados.

Pregunté a don Eladio si había alguna forma de conseguir la planta en otra parte. Denegó con la cabeza:

-Es inútil que la busques, nadie la vende por aquí.

Insistí en que debía haber algún lugar donde pudiese encontrarla.

Observando mi desespero, me dijo que en ese momento no podía ir a por ella, pero, tal vez si yo regresaba el fin de semana…

Me puse muy nervioso y le dije que si él me describía  cómo era la planta y dónde crecía, yo estaba dispuesto a ir a buscarla por mi cuenta para que él preparase la medicina.

Al ver mi determinación, don Eladio accedió y me advirtió que llegar hasta el sitio donde crecía esa planta era cansado y peligroso.

-Estoy dispuesto a todo –le repliqué-.

Él pareció apreciar mis palabras, porque trajo un viejo libro de botánica y, después de rebuscar entre sus páginas, me mostró un dibujo de una planta. Afirmó que el único lugar de por allá donde crecía, era una cañada entre unos cerros, y me explicó cómo llegar.

Calculé unas dos horas hasta allá, así que me despedí de inmediato y me puse en camino.

La belleza de aquellos parajes es inmensa. Me llenaba de júbilo pensar que por aquellas yermas veredas alguna vez transitaron guerreros de otros tiempos.

El cerro estaba más lejos de lo que parecía. Cuando llegué a la cañada, me adentré como pude por en medio de las altas hierbas que proliferaban por allí. El lugar en cuestión está formado por la unión de dos cerros, donde el agua de las lluvias pasadas se queda acumulada en diversas pozas y fluye en forma lenta y perezosa.

Busqué durante largo rato. Por fin encontré la planta, pero, mientras estaba recogiéndola, sentí un fuerte golpe en la cabeza y perdí los sentidos.


Me despertó un penetrante olor. Estaba tendido en un petate, sobre un montón de hierbas. Miré alrededor y descubrí que me encontraba en una rústica cabaña. El suelo era de tierra apisonada y el techo, de tejas sostenidas por vigas de madera oscurecidas por el humo.


Cerca del horno de barro donde estaba el fuego, estaba una anciana de atuendo indio. Me llamó la atención que su piel fuera blanca. Al verme despierto, sonrió y dijo:

-¡Arre! ¡Bienvenido de regreso al mundo de los vivos! Por un momento creí que ya te había cargado la chingada.

No supe qué decir. Quise moverme y sentí un dolor lacerante en la cabeza; me dolía todo el cuerpo. La anciana se apresuró a acercarse a mí y, con voz de urgencia, me ordenó que no me moviera, ya que yo estaba vivo de milagro.

Por el dolor que sentía, pude percibir lo grave de mi condición e hice lo que ella me indicaba.

Le pregunté qué era lo que me había pasado.

Respondió que no sabía; creía que yo había sido atacado por salteadores que me habían apaleado y dejado por muerto en el cerro. Señalando la vestimenta que yo llevaba, me dijo que yo estaba desnudo cuando ella me encontró. En ese momento me di cuenta de que yo vestía una bata blanca con bordados de colibríes, al estilo de las mujeres indígenas.

La anciana se presentó. Me dijo que se llamaba Silvia Magdalena, que se dedicaba a la herbolaria y que estaba curando mis heridas.

Comentó que fue solo un golpe de suerte el que ella me hubiese encontrado en su camino, ahí tirado, desangrado y casi muerto. Añadió que yo llevaba ya tres días inconsciente y que en un par de días más podría levantarme.

Sus palabras me sobresaltaron. De nuevo quise incorporarme, pero me hallaba tan débil que volví a caer en el petate. Le confesé mi asombro por todo lo que me contaba y, en tono de lamento, le conté que había ido  hasta ese lugar en busca de unas hierbas para un amigo, pero que había fallado en mi tarea, por lo que de seguro ya no volvería a verlo.

Al escuchar mi queja ella se echó a reír. Yo no entendí por qué lo hacía.

Viendo mi expresión de desconcierto, me dijo:

-¡No me hagas caso! Soy dada a las explosiones de risa.

Los días que siguieron fueron los más extraños de mi vida. Pude observar cómo doña Silvia curaba diariamente a pacientes que se aquejaban de toda clase de males. Cuando me sentí un poco mejor de mis heridas, ella incluso me solicitó que le ayudase. De esa forma, sin darme cuenta, me inicié en el curanderismo.

Con el paso del tiempo, aprendí todo lo relativo al arte. Me enseñó a limpiar la energía de la gente, a hacer curaciones para diversos tipos de males, así como mucho de quiropráctica y una inmensidad de recetas de té.

Pronto comprendí que doña Silvia Magdalena era una bruja y que me había tomado como su discípulo. El solo hecho de estar con ella era para mí un verdadero deleite, ya que su humor y teatralidad en cada cosa que hacía eran magníficos, y me recordaban a las descripciones que hacía Carlos de sus maestros.

Pasé casi tres meses en aquel petate. La parte más difícil fue al comienzo, cuando todavía no podía moverme y tenían que venir algunos ayudantes para llevarme hasta el baño. Lo que empeoraba aún más la situación era que el baño estaba fuera de la casa.

Un día, cuando ya estaba mucho mejor, doña Silvia me dijo que en la próxima luna habría una ceremonia de iniciación para mí. Yo ya había aprendido mucho de su mundo y acepté la invitación como un verdadero honor.

Agregó:

-Lo único que me queda por contarte es que aquellos que participan de estas ceremonias son cambiados para siempre y jamás vuelven a ser los mismos, ya que no hay regreso a lo de antes.

Como de costumbre, no entendí a qué se refería, pues la mujer estaba llena de frases raras.

Eran más o menos las nueve de la noche cuando me pidió que la acompañara. Caminamos en la oscuridad por cerca de una hora, hasta que llegamos a un sitio donde había una fogata con personas a su alrededor. Cuando nos acercamos, ella me indicó que me sentara en una piedra que había por allí.

El sitio de la reunión estaba cerca de una cascada; yo podía oír su estruendo al caer, así como sentir un poco del aire húmedo que llegaba hasta donde estábamos.

El fuego daba luz suficiente como para ver a los demás participantes. Era un grupo de unas quince personas, la mayoría jóvenes, aunque había algunos viejos de aproximadamente la edad de doña Silvia. Me sentí un poco incómodo y apartado, pues parecía que yo era el único nuevo allí.

Yo nunca había estado en una ceremonia de ese tipo y no sabía cómo proceder ni qué era lo que nos esperaba; eso me llenaba de aprehensión. Los participantes cantaban solemnemente algo que no pude entender, pero que me llenaba de un indefinido sentimiento de añoranza.

Después de un rato de esperar, salió de la oscuridad un hombre vestido con el cuero de un coyote y se aproximó al fuego, bailando de forma extraña. Traía la cabeza del animal como máscara, de modo que no se le podía ver la cara. Por sus modales y forma de moverse, comprendí de inmediato que se trataba de un brujo.

Sin decir palabra, el hombre vino a mí. Con un gesto muy hábil agarró mi mano izquierda y la pasó por debajo de su brazo, dándome la espalda. Sentí un agudo dolor entre mis dedos y quise retraer mi brazo, pero él lo tenía fuertemente sujeto. Cuando me soltó, noté que me había hecho una cortada entre el dedo medio y el anular, por donde la sangre manaba libremente. Me conmocioné; hubiera salido corriendo de allí, de no ser porque el terror me paralizaba.

Entonces el brujo apretó mi mano para sacar todavía más sangre y vertió un poco sobre la tierra, otro tanto sobre el fuego y lo demás en una vasija de barro.

A continuación, me ordenó que me incorporara, me desvistiera y mantuviera los ojos cerrados. Había tal fuerza y autoridad en sus palabras, que hice como él me dijo.

Durante largo rato, el brujo rezó y cantó a mi alrededor. Sentí que me soplaba y pasaba hierbas de fragantes olores por todo mi cuerpo. Después, me limpió con el fuego de una antorcha o algo así.

En cierto momento, sentí que me vertía una sustancia caliente y viscosa sobre mi cabeza. Mi curiosidad era grande, pero no atreví a mirar por no desobedecerlo.

Finalmente, me ordenó abrir los ojos. Quedé chocado, ¡mi cuerpo estaba cubierto de sangre! En una roca frente a mí, vi el cuerpo de decapitado de un pequeño chivo negro. Quise protestar, pero la solemnidad de la ocasión me lo impidió.

Después me ordenaron que fuera a lavarme. Así lo hice; caminé desnudo frente a todos y me dirigí hacia la cascada. El agua estaba fría, pero mi cuerpo quemaba de calor y la sentí muy agradable mientras limpiaba la sangre que me pintaba de rojo.

Al salir de allí, alguien me esperaba con una toalla para que me secara. Me dieron mi ropa y me vestí, aún aturdido por los inesperados sucesos. Luego regresé a tomar mi lugar junto al fuego.

Apenas me senté, los reunidos en el círculo empezaron a pasar unos canastos llenos de botones de peyote. Cada cual tomaba un botón y pasaba el canasto hacia la izquierda. Pensé en rehusarlo, pero no había caso; yo había tomado mi decisión, así que me dije: ¿ya qué más da?, y me entregué a participar en forma gozosa de la ceremonia.

Durante la mayor parte de la noche estuvimos comiendo peyote y cantando. En cierto momento, cuando ya estaba bajo el efecto de la planta, el brujo se acercó, se detuvo ante mí y se quitó la máscara. Casi me desmayo del susto ¡hubiera jurado que era el mismo fantasma que había visto en la cripta de la catedral de México!

Un escalofrío recorrió mi espalda y quise gritar, pero el brujo me habló con una voz rara, así como áspera o seca de alguna forma. Me dijo que su nombre era Melchor Ramos y que yo era bienvenido entre ellos.

No supe qué responder; sólo asentí con la cabeza.

Yo estaba en un estado de conciencia muy especial y la claridad que disfrutaba entonces no era la acostumbrada en mi vida cotidiana.

Ya entrada la madrugada, los ayudantes hicieron una enorme espiral con las brasas de la fogata. Don Melchor vino hasta mí y me dijo que yo debía mirar la espiral hasta que Xolostoc (el diablo) se me revelara.

Con creciente aprehensión, hice lo que me ordenó, diciéndome para mis adentros que todo esto era mero simbolismo. Pero después de un momento de mirar mesméricamente hacia las brasas, terminé por marearme y me sentí caer por un túnel hacia una negrura total, donde ya no me reconocí como yo mismo.

Desde esa vez, jamás volví al mundo del cual vine. Ahora entiendo todo lo que me ha pasado, y agradezco a mi espléndida buena suerte el haber sido puesto en el camino de estos seres magníficos que son mi maestra y mi benefactor."

FIN

"Encuentros con el nagual. Conversaciones con Carlos Castaneda", Armando Torres, 2002

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