miércoles, 1 de enero de 2020

Guía del autoestopista espiritual - De los poderes oscuros


“En Irlanda oímos hablar poco de los poderes oscuros, y es aún más raro encontrar a alguien que los haya visto, pues la imaginación de la gente se recrea más en lo fantástico y en lo caprichoso, y la fantasía y el capricho perderían la libertad -que es su aliento de vida- si se los asociara al bien o al mal. Y, sin embargo, los sabios son de la opinión de que, dondequiera que está el hombre, los poderes oscuros, que desean alimentar su rapacidad, también están ahí, igual que los seres resplandecientes que guardan su miel en las células de su corazón y los seres del crepúsculo que revolotean de aquí a allá, y de que lo rodean con una multitud apasionada y melancólica.

También sostienen que quien, por un deseo prolongado o por un accidente de nacimiento, posee el poder de penetrar en su morada oculta, puede verlos ahí, a quienes una vez fueron hombres y mujeres llenos de una terrible vehemencia, y a quienes nunca han vivido en la Tierra, moviéndose lentamente y con una malicia más sutil.

Dicen que los poderes oscuros se agarran a nosotros día y noche, como murciélagos a un viejo árbol; y el que no oigamos hablar más de ellos se debe meramente a que los tipos de magia más oscuros se han practicado muy poco. Ciertamente he encontrado a muy pocas personas en Irlanda que intenten comunicarse con poderes malvados, y las pocas que he conocido mantienen su propósito y su práctica completamente ocultos de la gente entre la que viven.

[…]

“Venga con nosotros” dijo el líder, un empleado de un gran molino de harina, “y le mostraremos espíritus que hablarán con usted cara a cara y de forma tan sólida y pesada como la nuestra”.

Yo había estado hablando del poder de comunicarse en estados de trance con seres angélicos y duendes –los hijos del día y del crepúsculo- y él había sostenido que sólo deberíamos creer en aquello que podemos ver y sentir en nuestro estado mental normal y cotidiano. “Sí” dije, “iré a verles”, o algo parecido, “pero no me permitiré entrar en en trance y, por lo tanto, sabré si esas formas de las que usted habla pueden ser tocadas y percibidas por los sentidos en mayor medida de las que yo hablo.”

[…]

El invocador parecía aumentar su poder gradualmente y comencé a sentir como si hubiese una corriente de oscuridad saliendo de su interior y concentrándose a mi alrededor; y entonces percibí también que el hombre que estaba a mi lado había entrado en un trance similar a la muerte. Con gran esfuerzo aparté las nubes negras, pero sintiendo que eran las únicas formas que vería sin entrar en trance y, al no tenerles ningún amor, pedí que encendieran las luces y, después del necesario exorcismo, volví al mundo normal.

Le dije al más poderoso de los brujos: “¿Qué ocurriría si uno de sus espíritus me dominara?”. “Usted saldría de esta habitación”, respondió, “con el carácter del espíritu añadido al suyo.”

“El crepúsculo celta”, W. B. Yeats, 1902

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