sábado, 26 de septiembre de 2020

Guía del autoestopista espiritual - De la energía sexual


«Hubo una extensa pausa. Los ojos de don Juan tenían un brillo intenso. Parecían contemplarme desde una gran profundidad. Sentía que cada uno de sus ojos era un punto de brillantez independiente. Por un instante pareció estar luchando contra una fuerza invisible, un fuego interior que quería consumirlo. Pasó con rapidez y don Juan siguió hablando.

»—La calidad de conciencia de cada ser individual —continuó— depende del grado en que las emanaciones en grande se amalgaman con las de adentro.

»Después de una larga interrupción, don Juan siguió explicando. Dijo que los videntes vieron que la conciencia de ser crece desde el momento de la concepción, se enriquece con el proceso de vivir. Dijo que, por ejemplo, los videntes ven cómo la conciencia de ser de un insecto o la de un hombre crece de maneras asombrosamente diferentes, pero con igual consistencia.

»—¿La conciencia de ser se desarrolla a partir del momento de la concepción o a partir del momento de nacer? —pregunté.

»—A partir del momento de la concepción —contestó—. Yo siempre te he dicho que la energía sexual es algo de extrema importancia y que debe ser controlada y usada con mucho tino. Nunca te gustó esa proposición porque crees que yo hablo de control en términos de moralidad; control para mí significa el ahorro y la recanalización de la energía.

»Don Juan miró a Genaro. Genaro asintió con la cabeza.

»—Genaro te va a contar lo que decía nuestro benefactor, el nagual Julián, acerca del ahorro y la recanalización de la energía sexual —me dijo don Juan.

»—El nagual Julián decía que el sexo era un asunto de energía —comenzó Genaro—. Por ejemplo, él nunca tuvo problemas, porque tenía energía hasta en los dedos gordos de los pies. Pero a mí me echó una sola mirada y de inmediato prescribió que mi chile era solo para orinar. Me dijo que yo no tenía suficiente energía para el sexo. Dijo que mis padres habían estado demasiado aburridos y cansados cuando me hicieron, que yo era el resultado de una cogida muy aburrida, y que así nací, aburrido y cansado. El nagual Julián recomendaba que la gente como yo jamás tuviera relaciones sexuales, a fin de que pudiéramos almacenar la poca energía que tenemos.

»A Silvio Manuel y a Emilio les dijo lo mismo. Vio que los demás compañeros tenían suficiente energía. No eran el resultado de cogidas aburridas. Les dijo que podían hacer lo que quisieran con su energía sexual, pero les recomendó que se controlaran y que entendieran que el comando del Águila es que el fulgor de la conciencia de ser se da a través del acto sexual. Todos le dijimos que habíamos entendido y que estábamos de acuerdo.

»Un día, sin aviso alguno y con la ayuda de su propio benefactor, el nagual Elías, abrió la cortina del otro mundo, y sin vacilaciones, nos empujó a todos adentro. Con excepción de Silvio Manuel, casi nos morimos todos allí. No tuvimos un ápice de energía para resistir el impacto del otro mundo. A excepción de Silvio Manuel, nadie había seguido la recomendación del nagual Julián.

»—¿Qué es la cortina del otro mundo? —le pregunté a don Juan.

»—Pues ya lo dijo Genaro, es una cortina —contestó don Juan—. Y como siempre, te estás desviando de tema.

»Estamos hablando de que el Águila ordenó que la energía sexual se use para crear vida. A través de la energía sexual, el Águila otorga la conciencia de ser. Por eso cuando los seres conscientes realizan el acto sexual, las emanaciones que están dentro de sus capullos hacen lo mejor que pueden para conferirle conciencia al nuevo ser que están creando.

»Dijo que durante el acto sexual, las emanaciones contenidas en los capullos de ambos participantes sufren una profunda agitación, cuyo punto culminante es una unión, una fusión de dos pedazos de energía consciente, uno de cada participante, que se separan de sus capullos.

»—El acto sexual es siempre una donación de conciencia aunque ese regalo no se consolide y cree un nuevo ser viviente —agregó—. Las emanaciones que están dentro del capullo de los seres humanos no saben del acto sexual sólo como placer.

»Desde su silla al otro lado de la mesa, Genaro se inclinó hacia mí y me habló en voz baja, moviendo la cabeza para hacer énfasis.

»—El nagual te está diciendo la verdad —dijo guiñándome el ojo—. Esas emanaciones realmente no saben nada.

»Don Juan hizo un esfuerzo por no reírse y agregó que la falacia del hombre es actuar con total desdén por el misterio de la existencia y creer que el sublime acto de conceder vida y conciencia es simplemente un impulso físico que uno puede distorsionar a voluntad.

»Genaro hizo gestos sexuales obscenos, girando sus caderas, una y otra vez. Don Juan asintió con la cabeza y dijo que eso era exactamente lo que el hombre hacía. Genaro le dio las gracias por reconocer su única contribución a la explicación de dicho tema.

»A carcajadas me dijeron que yo estaría riéndome con ellos si supiera lo serio que era para su benefactor la explicación de la energía sexual.

»Lpregunté a don Juan qué significado tenía todo esto para el hombre en el mundo cotidiano.

»—¿Te refieres a lo que está haciendo Genaro? —me preguntó fingiendo seriedad.

»El regocijo de los dos siempre era contagioso. Tardaron mucho tiempo en calmarse. Su nivel de energía era tan alto que, a su lado, yo parecía viejo y decrépito.

»—Realmente no sé —me contestó finalmente don Juan—. Todo lo que sé es que para los guerreros la única energía que poseemos es la energía sexual, dadora de vida. Este conocimiento los fuerza a darse cabal cuenta de su responsabilidad.

»"Si los guerreros quieren tener la suficiente fuerza para ver, tienen que volverse avaros con su energía sexual.”

»Esa fue la lección que nos dio el nagual Julián. Nos empujó adentro de lo desconocido, y todos casi nos morimos. Puesto que todos nosotros queríamos ver, tuvimos que abstenernos de desperdiciar nuestra energía sexual. Ya antes le había escuchado expresar esa creencia. Cada vez que lo hacía, entrábamos en una acalorada discusión. Siempre me sentía obligado a protestar lo que yo consideraba ser una actitud puritana hacia el sexo. Nuevamente, volví a objetar. Ambos se rieron hasta que se les saltaron las lágrimas.

»—¿Qué puede hacerse con la sensualidad natural del hombre? —le pregunté a don Juan.

»—Nada —contestó—. La sensualidad del hombre no tiene nada de malo. Lo que está mal es la ignorancia que obliga al hombre a pasar por alto su naturaleza mágica. Es un error desperdiciar la fuerza dadora de vida y no tener hijos, pero también es un error no saber que al tener hijos uno disminuye el fulgor de la conciencia.

»—¿Cómo saben los videntes que al tener hijos, uno disminuye el fulgor de la conciencia?

»—Los videntes ven que, al tener un hijo, el fulgor de la conciencia de los padres disminuye mientras que el de la criatura aumenta. En algunos padres débiles y nerviosos, ese fulgor desaparece casi por completo. Conforme los niños ensanchan su conciencia, crece también en el capullo luminoso de los padres una mancha oscura, en el mismo lugar de donde se desprendió el fulgor que dio vida a esos niños. Generalmente está en la parte media del capullo. A veces, esas manchas incluso pueden verse como si estuvieran pegadas al cuerpo.

»Le pregunté si había algo que se pudiera hacer para darle a la gente común y corriente una comprensión más equilibrada de lo que es el fulgor de la conciencia.

»—No se puede hacer nada —dijo—. Por lo menos, no hay nada que los videntes puedan hacer. Los videntes aspiran a ser libres, a ser testigos sin prejuicios, testigos incapaces de juzgar; de lo contrario tendrían la responsabilidad de implantar un nuevo ciclo más ajustado. Nadie puede hacer eso. Un nuevo ciclo, si hubiera de surgir, tendría que surgir por sí mismo.


El fuego interno, Carlos Castaneda, 1984

   

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