martes, 5 de julio de 2011


Una pesadilla es una pesadilla y no hay por qué clasificarla necesariamente, es lo que es, algo absurdo que se ve y se siente cuando se está dormido.

Viene al caso definir una pesadilla cuando anoche tras una ingesta masiva de jugo de cebada y una latilla de calamares en su tinta, creí que era una buena idea tirarme en plancha en los brazos de Morfeo y permitir que tuviera una de esas noches en las que le doy cuerda para que se desfogue, una “Mad Men Night”, pobre, lo tenía abandonado

En su línea, tal y como viene haciendo desde que lo conozco (eones ya), me lleva a caballito a lugares nunca antes visitados y no por eso menos conocidos.

Anoche estuvimos de caza tras una araña del tamaño de un centollo y acorazada como un Pantzer, señal inequívoca de los miedos atávicos y comunes que nos acechan.

Y por fin la araña resultó muerta después de muchos golpes.

Lo único que tengo que decir a los fabricantes de cerveza holandesa es que por favor reduzcan el aditivo de lúpulo en época veraniega, ya que otro modo se arriesgan a crear pánico colectivo nocturno entre sus consumidores.

Gracias.

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